Centro Virtual Cervantes
El Trujamán > Traductología
Jueves, 7 de marzo de 2013

El Trujamán. Revista diaria de traducción

Buscar en El Trujamán

Traductología

En los límites de la traducción (3)

Por Jorge Bergua

Si es problemática la tarea de convertir un texto en música, no lo es menos la contraria, la que consiste en dar cuenta verbal de la música, sobre todo la instrumental. En tiempos pasados, en los que todavía reinaba intacta la confianza en las capacidades del lenguaje para decir el mundo en cualquiera de sus aspectos, podía haber quien acometiera semejante empresa: es difícil no recordar la deslumbrante descripción o evocación que ofrece Proust, en Un amour de Swann, de la sonata de Vinteuil, inspirada seguramente, entre otras obras, en la Sonata en la mayor para violín y piano, de César Franck. En otro plano, el habituado a ver las partituras de Erik Satie también recordará sus peculiares indicaciones verbales, coloreadas quizá por la ironía, en piezas para piano como las Gnosiennes y otras (avisos interpretativos del tipo «sans orgueil», «sur la langue», «munissez-vous de clairvoyance», etc.).

Desde luego, mucho ha llovido en el siglo xx para que nuestra filosofía del lenguaje siga siendo tan optimista como la de la Belle Époque; sin embargo, no faltará quien se atreva con la tarea de traducir a palabras aquello que cuenta y transmite la música (últimamente ha alcanzado una merecida notoriedad en este campo el crítico americano Alex Ross, autor de un magnífico libro sobre la música culta del siglo pasado). Llevado de mis propios gustos musicales, siempre me he preguntado hasta qué punto sería posible traducir a lenguaje verbal algunas de las sinfonías de Haydn, tan maravillosas y seductoras como el mejor relato y al mismo tiempo, como buenas hijas del Siglo de las Luces, tan bien armadas y convincentes como el discurso mejor elaborado o el silogismo más inapelable. A veces fantaseo con la posibilidad de escribir un libro de relatos/argumentaciones basado en las principales obras sinfónicas de ese genio (a las que, no es casualidad, a menudo se les han aplicado títulos descriptivos, como «El reloj», «Sorpresa», «El oso», etc.).

En todo caso, el principal problema que plantea este tipo de «traducción», en cualquiera de las dos direcciones, es el de la adecuación real entre los elementos conformadores de ambos lenguajes; es decir, el de distinguir entre las analogías o rasgos compartidos y las homologías o congruencias reales entre el significado de uno y otra. Ya en el siglo xvi Vincenzo Galilei se burlaba de los compositores que, al poner música a la poesía, se empeñaban en que siguiera e ilustrara servilmente el significado de las palabras, de forma que, por ejemplo, si el texto hablaba de subir al cielo o bajar al Hades, la melodía tuviera también que subir o bajar hasta dejar al cantante en el límite del colapso vocal. Es como lo que ocurre en traducción con los falsos amigos: es demasiado fácil dejarse llevar por las similitudes superficiales, olvidando el distinto uso o significado de esas palabras en el sistema de su propia lengua. Lo mismo pasa en la relación texto-música, con la importante diferencia de que cuando hablamos del «significado» de la música entramos sin duda en un terreno resbaladizo, por no decir en una verdadera terra incognita (y sin embargo, ingeniosos estudios neurológicos han demostrado que cuando escuchamos música se activan partes del cerebro involucradas en el significado, es decir, que la música es portadora de contenido semántico).

Ver todos los artículos de «En los límites de la traducción»

Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es