Historia
Por Josefina Cornejo
Entre 1960 y mediados de la década de 1980 la editorial barcelonesa Toray publicó, de forma simultánea en España y Latinoamérica, los 33 libros de Los Hollister, serie creada por el estadounidense Jerry West. La colección, que relataba las aventuras de una típica familia americana que se veía envuelta en los más variados misterios, captó la atención de los más jóvenes de la casa y pronto se convirtió en uno de los estandartes de la literatura juvenil de aquel periodo. Consuelo González de Ortega fue quien acercó al público español las andanzas de este clan de inquietos detectives. Consuelo es nieta e hija de traductores. Cuenta que nunca se planteó traducir. Pero era —aún lo es— una mujer inquieta que «buscaba cosas para hacer». Hasta confeccionó faldas. Ante la insistencia de su marido, comenzó a traducir, «como mi padre». Descubrió a Toray, muy cercana a su domicilio. Le enviaron una prueba, que les cautivó. Se iniciaba así una de las trayectorias más prolíficas de las décadas de los sesenta, setenta y ochenta del pasado siglo, en la que abundan títulos infantiles y juveniles, además de novelas policiacas, históricas y del oeste.
Sobre su padre, sobre los difíciles años de la posguerra y sobre traducción hablamos una soleada y cálida mañana de octubre de 2012 en Barcelona.
Su progenitor, Juan González-Blanco de Luaces, fue uno de los traductores más fecundos de la posguerra. «Quizá no haya nadie que haya traducido tanto». De 1941 a 1963, más o menos, sus dedos vertieron al español más de 250 títulos y, como el dinero escaseaba, al principio tuvo que hacerlo con máquinas de escribir que alquilaba a razón de 80 pesetas al mes. Ya había publicado varias obras de su propia cosecha, pero tras la victoria del bando nacional, «no sacaba cabeza». Comenzó entonces el periplo de los González-Blanco por la geografía ibérica, con escalas asimismo en Portugal. La familia dejó Madrid, «donde no se respiraba más que miseria, dolor y tristeza», y se trasladó a Barcelona, ciudad mucho más abierta, mas las oportunidades continuaron sin llegar. Fueron años en los que nadie apoyaba a nadie, temeroso todo el mundo de las represalias por dar apoyo a alguien con pasado republicano, cualquiera era sospechoso. En su juventud, el padre había pertenecido a una formación política de tintes republicanos, Juventudes del Partido Republicano Presidencialista de España. Ocultó este dato a su familia durante tiempo —Consuelo reconoce que «nunca les dijo nada»—. Para sobrevivir y proteger a los suyos, guardaba silencio. Fue encarcelado en dos ocasiones, en Madrid y en Valencia, «por espía». Trató de huir del país desde la ciudad mediterránea. Había conseguido pasajes para marchar a América, pero en estas le detuvieron y el barco que les iba a alejar de España zarpó sin ellos. Ante la amenaza de la Segunda Guerra Mundial cerniéndose sobre Europa, eran pocos los buques que levaban anclas. El capitán de un mercante de bandera inglesa se apiadó de los más pequeños y acogió en su camarote a la familia de nuestro traductor. La aventura apenas duró diez días, no pasó de Marsella. Siguió una época de penurias, «era dificilísimo sacar una peseta». El día que le encargaron su primera traducción, en casa la alegría «rebosaba por todas partes». Llegarían muchas más y se convirtió en un esclavo de la máquina. «Parecía que vivía en ella». Su relación con importantes editores de la época, como Josep Janés, Luis Miracle y José Manuel Lara, fue larga y fructífera; con el primero incluso «se iba de fiesta». Nunca dejó de escribir; intentó publicar su obra, pero el sustento se lo proporcionaron sus traducciones. «Si no salía adelante como autor, lo haría como traductor». ¿Llegó a considerarse traductor? Su hija duda. «Echaba de menos el comunicar, pero sí, estaba satisfecho».