Traductología
Por Ricardo Bada
Alguna vez mencioné que —al menos que yo sepa— de la más famosa novela de Flaubert no hay ninguna edición en castellano que se titule La señora Bovary. Y recordaba lo que agudamente señala Monterroso, en un texto dedicado a este asunto: que «en ningún país de lengua española habrá quien ponga por título Odiseo al Ulysses de Joyce».
Razón de más para plantearse el tema de la traducción de los nombres de los personajes de las novelas, y también, por qué no, el de los personajes de la vida real. Aun cuando me parece que en nuestro idioma esa manía ya pasó, y quedó enterrada con la generación del 98. ¿Quién no recuerda la sorpresa experimentada al leer a Unamuno y verle citar a Enrique Heine y Tomás Carlyle, a Arturo Schopenhauer y Federico Nietzsche? ¿esperaba tal vez, en justa reciprocidad, que los franceses lo llamasen Michel dé Ounàmouneau, y los alemanes Michael von Unamuno? No lo creo.
Tomo al azar en mi biblioteca una novela inglesa de edición vieja: Daphne Adeane, de Maurice Baring. La traducción de Julio Gómez de la Serna perpetra el rebautizo en castellano de los nombres de los personajes. Michael se convierte en Miguel, George en Jorge, Basil en Basilio, y hasta el niño, supongo que Pete en el original, pasa a llamarse Pedrito. Es algo que produce al principio desconcierto, luego alergia y al final malestar y rechazo.
Sobre todo por la falta de consecuencia. Porque resulta que a la bella mujer ya definitivamente ausente que da su nombre al libro, se le mantiene ese nombre inglés… ¡y era una criolla, nacida en la Argentina! Y se conoce que hasta el buen Gómez-de-la-Serna-pero-no-Ramón tuvo sus dudas en españolizar el nombre del protagonista masculino esencial, porque cambiar a un Francis por un Francisco, la verdad, hubiera sido fuerte.
Otra relectura me trae la misma sorpresa. Con La letra roja de Hawthorne se repite la misma historia que con Daphne Adeane, la castellanización de los nombres de los personajes, de una manera inclemente y ridícula: Hester pasa a ser Ester, y Pearl, la niña, se llama aquí Perla, pero al igual que en la traducción de la novela de Baring también se presentan excepciones, y así es que Roger sigue siendo Roger, tal vez para no convertirlo en Rogelio.
Un caso límite se presenta con el protagonista de una gran novela brasileña, Don Casmurro, del gran Machado de Assis. Dice el autor: Casmurro não está aqui no sentido que elhes lhe dão, mas no que lhe pôs o vulgo de homem calado e metido consigo. Y si justamente es el propio Machado de Assis quien lo explica tan claramente, que Casmurro no aparece en su libro sino con el sentido que le da el vulgo, el de un hombre callado y ensimismado, ¿por qué en la traducción española se mantuvo ese Don Casmurro original, que a un lector hispanoamericano que desconozca el portugués no le dice absolutamente nada? ¿Por qué no Don Taciturno, por ejemplo?
Y aquí se me ocurre, aun cuando no tiene que ver con la onomástica, otro caso límite: aquel en que el título de la traducción supera con mucho el del original. Se lo crean o no, se ha dado el caso. Cuando un lector hispanoamericano termina de leer la novela de Stefan Zweig que en nuestro idioma se titula La piedad peligrosa, en una de las primeras cosas que piensa es en el tino, en la diana absoluta que es ese título, el cual condice perfectamente con el desarrollo de la trama y los sentimientos de los personajes.
Sólo que La piedad peligrosa, originalmente, se titula Ungeduld des Herzens (Impaciencia del corazón), y creo poderles asegurar que si hubiera sido traducida con ese título, el desconcierto de los lectores en nuestro idioma, al terminar de leerla, hubiera sido inmenso. Tan inmenso que les llevaría a pensar lo mismo que pensé cuando ya sabía alemán suficiente como para entender que La piedad peligrosa era un libro que en el original se titulaba Impaciencia del corazón. Pensé que habría que cambiar el título del original, y editarlo como Das gefährliche Erbarmen o bien Das gefährliche Mitleid. Pero lo dicho: es la excepción.