Autores s. xx
Por Ramón Buenaventura
Todos los traductores sabemos, y aceptamos con la humildad que nos confiere el oficio, que Rafael Cansinos Assens (1882–1964), el hombre que tradujo buena porción de la literatura universal para don Manuel Aguilar a mediados del siglo xx, no podía de ninguna de las maneras dominar todos los idiomas en que funcionó: francés, inglés, ruso, alemán, danés/noruego, etc. De hecho, su especialidad eran las lenguas semíticas, y la más curiosa e interesante de sus traducciones es la versión de Las mil y una noches, en tres gruesos tomos, con abundante aparato erudito y con textos introductorios (inspirados mayormente en el teósofo Roso de Luna) para cada capítulo. Si no la conocen ustedes, corran a buscarla en alguna biblioteca. Yo no puedo medir el valor técnico de la traducción (que se presenta como completa y literal), porque mi árabe no da para eso, ni mucho menos, pero sí puedo valorar, como lector raso, el modo en que el traductor me traslada una obra centenaria, escrita en un idioma cuyas estructuras esenciales no se ajustan al castellano, traída además de otras culturas (la persa, la india) a la árabe, poderosamente rica en referencias folclóricas y tradicionales antiquísimas. Y puedo garantizarles que Las mil y una noches de Cansinos Assens le da mil y una vueltas, en cuanto placer de lectura, a cualquier otra traducción que yo conozca, incluidas las famosísimas de Burton al inglés o de Madrus al francés (la que utilizó Blasco Ibáñez para su versión; no conozco la de Husain Haddawy al inglés, que la cátedra considera excelente).
Cansinos aprovecha, en su traducción, una ventaja del castellano con la que ningún otro idioma occidental puede competir: la presencia, en nuestro léxico, de una considerable cantidad de palabras de origen árabe. El recurso sistemático a estos vocablos, prefiriéndolos casi siempre a los de otros orígenes lingüísticos, con algún añadido de términos árabes razonablemente incrustados en el castellano, basta para conferir al texto un aire de curiosa autenticidad, que nos acerca de modo muy intenso a las palabras del narrador (o, bueno: de la supuesta narradora)… Es un caso claro de manipulación por parte del traductor, evidentemente, porque introduce en la obra una intención que no está en el original. Por poner otro ejemplo: si hiciéramos una traducción de la Ilíada dando preferencia a los términos de origen griego sobre los de cualquier otra raíz, quizá añadiéramos al texto un «sabor» que complaciese a ciertos lectores («aurora rododáctila» contra «aurora de rosados dedos»), pero estaríamos embebiendo en la traducción una especie de divertimento paralelo que de ningún modo ofrece el original. A mí me encantaría (de hecho, me encanta la silvestre traducción calcada del griego, y tan bilingüe como atrevida, que hace Francisco Sanz Franco para ediciones Avesta en 1971: «Canta, diosa, de Ajileus Peleyades el resentimiento mortífero, que diez mil dolores a ajayos impuso, muchas imperecederas almas de héroes precipitó a Aides y a ellos despojos los hacía para perros y aves todas: se cumplía designio de Seus, desde que ya aquella primera vez se distanciaron disputando Atreides Anax de hombres y Ajileus divino»), pero lo que a mí me encanta no es necesariamente lo que todo el mundo considera adecuado.
En modo alguno sería justo, sin embargo, que negáramos la patente a este tipo de traducciones aventureras en que el lector ha sido advertido y sabe de antemano con qué se enfrenta.