Centro Virtual Cervantes
El Trujamán > Profesión
Viernes, 2 de marzo de 2012

El Trujamán. Revista diaria de traducción

Buscar en El Trujamán

Profesión

Censurado

Por Carlos Fortea

No, no me refiero a la censura externa, tan importante en la historia de la traducción en España, tan llena de libros frustrados en los que no se podía escribir lo que los libros traían escrito; no me refiero a ella, aunque existe, porque siguen editándose, republicándose y reimprimiéndose viejas versiones mutiladas, dañadas y cortadas.

No. No me refiero a ella. Como no me refiero a cierta pudibundia que a veces se observa —sin duda herencia de otros tiempos al parecer imposibles de enterrar— que suaviza los textos verbalmente más duros acogiéndose al viejo mecanismo de los sinónimos, hiperónimos y sobrentendidos.

Sí me refiero, en cambio, a una variable de esta última enfermedad. Una variable que afecta como cáncer subrepticio a lo más preciado de todo el que escribe: la verdad.

«Él era americano, y como tal…» y alguien no te deja terminar la frase, y te hace notar que americanos son todos los habitantes de las dos Américas, desde el Ártico a la Tierra del Fuego, y exige precisiones y concreciones y alternativas en nombre de la necesidad de frenar concepciones imperialistas, porque el lenguaje no es inocente.

«A lo largo de la Historia de los hombres…» y alguien impide terminar la frase, para hacerte notar que hombres son varones, y la Historia la han hecho las personas, y exige genéricos y alternativas en nombre de la necesidad de frenar concepciones machistas, porque el lenguaje no es inocente.

«Se quedó mirando al negrazo con atención…» y alguien se apresura a objetar la frase, y hace notar el carácter despectivo del sustantivo, y propone más cambios en nombre de la necesidad de frenar concepciones racistas, porque el lenguaje no es inocente.

Esto está ocurriendo en algunas aulas y también en algunas editoriales y en algunos, o muchos, estudios teóricos sobre la traducción. Y sin embargo, porque el lenguaje no es inocente, precisamente quienes apoyamos la necesidad no ya de frenar, sino de erradicar concepciones imperialistas, machistas y racistas deberíamos oponernos frontalmente, en nombre al menos de dos conceptos: la oposición a la censura y la honestidad intelectual.

Desde la honestidad intelectual, el traductor no puede arrogarse papeles que no le corresponden. Cuando nos toca en suerte traducir un texto cuyos valores no compartimos, no nos quedan más alternativas que rechazarlo o, si lo aceptamos, traducirlo con lealtad al texto, tapándonos la nariz si necesario fuera. En cierta biografía de Stefan Zweig se relata una violación y, acto seguido, se atribuye complacencia a la víctima. ¿Es esto tolerable? Desde luego que no, como tal idea. Pero no es aceptable censurarlo. Desde la honestidad intelectual, ninguna censura es aceptable.

Desde la honestidad intelectual, además, la censura de estas actitudes sólo beneficia al censurado. ¿Queremos que un machista pase por persona respetuosa, en nombre de un concepto equivocado de la corrección política? ¿Queremos beneficiar a un racista haciendo ver que no lo fue, usando la traducción como instrumento?

¿Queremos, máximo horror, reescribir la Historia? Agatha Christie escribió Diez negritos y Marx Twain usaba la palabra nigger. Ningún traductor debería aceptar nunca jugar al peligroso juego de que la realidad no fue como fue.

Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es