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Miércoles, 30 de marzo de 2011

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Enseñanza

Enseñar a traducir (II)

Por Ramón Buenaventura

Si nos atenemos a la enseñanza de la traducción, que es la que aquí nos interesa, a la inmadurez general del alumno hay que añadir la inmadurez lingüística. El lenguaje es infinito. El buen traductor se pasará la vida aprendiendo. Salvo clamorosas excepciones (piensa uno en Arthur Rimbaud, por ejemplo, pero no en muchos más), nadie, a los veinte años, está preparado para sacarle el máximo partido a su propio idioma, ni en la comprensión de lo que se le dice ni en la expresión de lo que quiere comunicar. Y nadie, a los veinte años, conoce un idioma extranjero como para entenderlo sin un exceso de pérdidas, distorsiones, simplificaciones, etc. Todos necesitamos una voluntad permanente de aprendizaje.

También, por añadidura, hay grados en la inmadurez. Ningún alumno debería llegar a una facultad de traducción sin conocer los idiomas de trabajo —incluido (insistimos) el suyo nativo— en un nivel que permita, al menos, empezar a enseñarle a traducir, sin que el equipo docente se vea obligado a impartir cursillos previos de gramática, vocabulario, etc. Enseñar a traducir no debe confundirse nunca con enseñar idiomas. No obstante, el rasero resulta muy difícil de situar, y parece inevitable que entre los alumnos que cada año acceden a las facultades de traducción haya unos cuantos —muchos, pocos: depende de las cosechas— que no estén en condiciones de recibir las enseñanzas que se les imparten. En otras ramas de la enseñanza, los alumnos de este tipo suelen quedar eliminados en los primeros cursos, porque no logran aprobar las asignaturas básicas iniciales. En las facultades de traducción, en cambio, casi nada impide que los alumnos sin conocimiento suficiente de las lenguas de trabajo lleguen a los últimos cursos, porque las asignaturas de los primeros años apenas los someten a prueba en ese terreno. En general, la enseñanza de la traducción en España se origina en las facultades de filología y está fuertemente mediatizada por esta rama de la ciencia. (Y sí: todos deberíamos saber filología, qué duda cabe, porque nada contribuye más que el lenguaje a la buena configuración de la mente humana; pero hay que tener muy claro que la traducción filológica es una rama de la traducción, una especialización minoritaria).

He intentado traspasar los trastos del arte de traducir a cientos de alumnos, a lo largo de muchos años. Con algún éxito, creo o espero. No obstante, lo que más satisfacción me ha producido siempre es provocar en los chicos el surgimiento de la sensibilidad lingüística.

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