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Lunes, 21 de marzo de 2011

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Traductología

Muy propio (VIII)

Por Gonzalo García

A las conclusiones bonitas les tiende a fallar el cómo, así que la anterior la ponemos en un marco que le haga justicia y si acaso la contemplamos en los ratos de más nostalgia; porque a la práctica, aparte del afán, habrá que seguir yendo caso a caso, hasta determinar qué solución es menos mala. La de llenar el libro de notas al pie la creo yo mala en general para la novela —si no las lleva la original, no puede llamarse fiel a la traducción que las añade, por jugar a las paradojas—, y peor en el caso de la literatura infantil, que es poco amiga de los recursos académicos.

Pero no es relativismo porque sí. Pensemos en casos idílicos cuyos antropónimos carezcan de significado: en la comunidad de los galash-at, en Karana Won-a-pa-lei («la muchacha de la larga cabellera»), en su hermana Ulape y su padre Chowig, en el brujo Zuma, en Kimki, en Nanko; en suma, en los habitantes de una pequeña isla poblada por indios.1 Parece que respetar los nombres tal cual aparezcan nos dejará el texto a prueba del algodón crítico de míster Proper y que apostar por la tranquilidad será como jugar al bingo con todos los cartones en nuestra mesa. Pero a la yesca de la lengua saltan las interferencias: el idilio lo rompe Ramo, el hermano de Karana. Si lo dejamos tal cual se nos quiebra el código de la novela —los antropónimos no significan nada para el lector inglés, pero Ramo sí para el español— de modo que el lector incluso puede creer, con la autorización del texto, que el apelativo es un presagio funesto de su muerte temprana.

Por si hay estudiantes leyendo y andan desesperados de tanto mareo: no es que falte dónde agarrarse. Cuando El sobrino del mago, de C. S. Lewis, se inicia específicamente en un determinado Londres del siglo xix, podemos echar nuestra ancla, discreta, encima del ancla más notoria: «En aquella época, el señor Sherlock Holmes vivía aún en Baker Street… En aquella época, en fin, vivía en Londres una niña llamada Polly Plummer».2 Está claro que el nombre de Sherlock Holmes es hoy intraducible, pero no es tan frecuente que lo sea igualmente la calle de los personajes de ficción. Para nosotros, así nos las den todas, que Polly Plummer nos cuadra estupendo y en español no es que fuera sencillo de adaptar. Con los Peter, Susan o Lucy Pevensie podíamos llegar a tener dudas, quizá, porque Pedro, Susana y Lucía no iban mal ni llamaban la atención de nadie. Pero no hay más remedio que construir las dos pirámides enteras, la adaptada y la no adaptada, ver cuál rechina menos e ir arreglando a partir de ahí. Siempre habrá discrepancias: en la edición más reciente aparece el príncipe Caspian donde Miguel Martínez-Lage había optado por príncipe Caspio. Personalmente entiendo que la sola coincidencia con el topónimo (Caspian Sea, ‘mar Caspio’), además de otras razones, hacen preferible la segunda solución.

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  • (1) Scott O’Dell, La isla de los delfines azules, Noguer, Barcelona, 1964, 2000. volver
  • (2) Traducción de Héctor Silva, Alfaguara, Madrid, 1987. volver
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