Enseñanza
Por Ramón Buenaventura
No hay transmisión en que no se pierdan, se corrompan o se tergiversen datos. La enseñanza es una transmisión —de experiencia, de sabiduría, de principios— y, como tal, está sometida a esta deficiencia: su funcionamiento jamás alcanza el óptimo, sea porque el profesor no consigue comunicar todo lo que sabe, sea porque el alumno no está preparado para recibirlo, sea por una combinación de ambos factores (con intervención añadida de toda clase de trabas psicológicas y sociales de la comunicación humana, que sería prolijo e inútil analizar aquí). La enseñanza perfecta, o casi, se produce a veces, cuando profesor y alumno logran encajar: el profesor transmite lo mejor que tiene y el alumno recibe lo que mejor cuadra con sus talentos, generándose por ello un perfeccionamiento recíproco que, en gran medida, explica el portentoso desarrollo de la especie humana.
En gran parte, los problemas de transmisión que entorpecen la enseñanza se deben al desfase entre el grado de madurez del profesor y el grado de madurez del alumno. (Entendamos por madurez la capacidad de asimilar la experiencia que se ha adquirido y que va adquiriéndose, para aplicarla a las nuevas situaciones que van surgiendo. La madurez, cuando se estanca, pierde la capacidad de adaptación y obstaculiza la enseñanza desde el lado del profesor).
Suponiendo un profesor aceptablemente maduro, tanto en su dominio de la materia como en su capacidad para transmitirla (si partimos del desastre profesoral no queda más remedio que renunciar a toda posible enseñanza), lo más evidente es que el alumno normal nunca estará en edad de haber adquirido madurez en ningún terreno que no sea el meramente biológico. Los alumnos de una universidad están en su esplendor mental y físico (de hecho, nunca más, a lo largo de sus vidas, habrá en sus cerebros tantas neuronas dispuestas a aprender, ni estarán sus cuerpos tan preparados para el esfuerzo y su correspondiente gratificación), pero no disponen de datos suficientes, ni han tenido tiempo de contrastar con la realidad los que conocen.