POESÍA
Por Pablo Moíño Sánchez
Hace poco he tenido la suerte de leer unas páginas muy interesantes acerca de la traducción de unos poemas cervantinos a cierta lengua oriental. Sin entrar ahora en los tan manoseados debates acerca del lenguaje y su relación con el pensamiento, o sobre la facilidad, dificultad y parecidos de y entre las lenguas, el texto recogía unas cuantas polémicas en torno a esa supuesta intraducibilidad de la poesía que, a través de citas de Shelley o de Paz, continúa alimentando muchos manuales y lavando algunas manos.
Así, unos estudiosos opinan que el buen traductor de poesía solo puede ser un poeta; otros, que casi mejor que no lo sea, porque de lo contrario se empeñará en escribir su propio poema y no hará caso de lo que tiene entre manos. La mayoría piensan que la empresa es imposible y solamente podemos poner parches. Entonces se habla de modos, de maneras diferentes de traducir versos: que si hay que conservar la estructura métrica del original, que si hay que adaptarla a una forma equivalente en la lengua de destino, que si ante todo hay que mantener los efectos sonoros, que si no se pueden descuidar las rimas, que si hay que reproducir las metáforas, que si hay que traducir literalmente y que cada cual se las apañe como pueda, que si hay que combinar un poco de todo porque la virtud está en el justo medio…
Todo eso está muy bien. Es decir, está muy bien plantearse problemas, reflexionar acerca de las técnicas de traducción, pelearse con quien haga falta. ¿Pero por qué esa insistencia en los textos poéticos? Si la poesía es ante todo ritmo, como parece evidente, ¿qué es la prosa entonces? ¿Una sucesión de palabras sometidas a un orden arrítmico y prefijado, sujeto, verbo, objeto? Y si el traductor de poesía ha de ser poeta, ¿por qué nadie dice (o yo no lo he oído) que el traductor de un cuento debería ser cuentista?
¿Es más difícil traducir poesía que traducir prosa? Sinceramente, la pregunta me parece tan fácil y tan inútil de responder como estas: ¿es más difícil escribir poesía que escribir prosa?; ¿es más difícil escribir un soneto que escribir un relato?; ¿es más difícil escribir un soneto que escribir un romance?; ¿es más difícil escribir un soneto que escribir un poema en verso libre?; ¿es más difícil escribir sin utilizar la a que escribir con todas las vocales?; ¿me puede decir qué es más sublime, por favor, que tengo prisa?
Mi respuesta resultará demagógica, tramposa, retórica y lo que se quiera, pero intentaré que sea firme: no. No; lo difícil es escribir (traducir) bien, y a partir de ahí hablamos. No creo, por tanto, que traducir un soneto de Blas de Otero exija un esfuerzo mayor o sea una empresa menos realizable que traducir dos párrafos de Sánchez Ferlosio. Si a partir de ahí cambiamos los nombres de los autores, ya nos habremos metido en otra discusión muy distinta.
Recuerdo ahora dos novelas —dos textos narrativos, si se prefiere, o dos obras literarias medianamente largas no escritas a partir de la sucesión de fragmentos sujetos a medida, ritmo y/o rima, para seguir rizando el rizo de los eufemismos— plagadas de endecasílabos y heptasílabos por todas partes: Luna de lobos, de Julio Llamazares, y Mortal y rosa, de Francisco Umbral. Son casos paradigmáticos con los que no pretendo descubrir América; casos en que un ritmo asoma de manera visible a la superficie y el traductor no lo puede descuidar. Pero también la prosa de los narradores, como los versos de los poetas —que no de la tan canonizada Poesía; ¿o suena igual un soneto de Garcilaso que uno de Miguel Hernández?—, tiene un ritmo propio, oculto, por descubrir; un ritmo que aguarda al traductor, que exige a voz en grito que se desespere, que quiera rendirse, que diga de una vez: «Es que esto no se puede traducir».