POESÍA
Por Ricardo Bada
Aprendimos en la escuela que la fe es creer en lo que no se ve. Gracias a la CNN aprendimos, en las dos dizque guerras del Golfo, que la fe es creer en lo que sí se ve. La traducción no es otra cosa que la suma de ambas fes: creer en lo que no se ve a través de lo que sí se ve.
El ejemplo de las sabanas cantadas en un verso de Neruda y transformadas en sábanas por un trujimán desconocedor de la peculiar nomenclatura geográfica no europea, y el del verso de Borges «la sombra del paraíso agrietaba las paredes», donde al no saber el traductor que el paraíso ríoplatense es un árbol —el Melia azedarach—, y pensar (por Borges) que Borges se refería al Paraíso de Dante en su no sé si Divina Comedia, convirtió la traducción de ese verso en una introducción, avant la lettre, al más disparatado surrealismo.
Viniendo a nuestro idioma, un poeta alemán al que se le han inferido heridas incurables por medio de la traducción, es Bertolt Brecht. Poeta, sí, porque lo que el tiempo nos está haciendo ver, cada vez con mayor claridad, es que Brecht fue uno de los poetas líricos más completos, y de mayor amplitud de registro, que haya dado su idioma. Lástima grande que incluso las mejores traducciones imaginables reduzcan esos poemas al andamiaje explicativo, por la imposibilidad absoluta, radical, de poder traducir todo lo inefable, que es el resto.
Eso las mejores imaginables. Porque de las «traiducciones» de poemas suyos hechas en Cuba cuando aún existía la RDA, y su poeta máximo era vertido al castellano de una manera a veces poemicida, mejor es no acordarse. En una de ellas, por ignorancia de que Gottseibeiuns —escrito todo junto— es uno de los nombres exorcizadores del Demonio, se lo tradujo literalmente, por separado —Gott sei bei uns—, y además en un tiempo verbal más falso que Judas: «Dios que está con nosotros» en lugar de «Dios sea con nosotros».
Sólo porque es honesta y está al servicio del original, hasta donde ello es posible, me atreveré a cerrar este trujamán brechtiano con mi traducción del poema que envió como un gesto de solidaridad al Congreso de Escritores Antifascistas, Valencia, 1937, en plena Guerra Civil española:
Mein Bruder war ein Flieger
Eines Tags bekam er eine Kart
Er hat seine Kiste eingepackt
Und südwärts ging die Fahrt.
Mein Bruder war ein Eroberer
Unserm Volk fehlt's am Raum
Und Grund und Boden zu kriegen, ist
Bei uns ein alter Traum.
Der Raum, den mein Bruder eroberte
Liegt im Quadarama-Massiv
Er ist lang einen Meter achtzig
Und einen Meter fünfzig tief.
Este poema, interlinealmente, y haciendo caso omiso de la toponimia española harto sui géneris en la tercera cuarteta, puede traducirse así:
Mi hermano era aviador,
Un día recibió una postal,
Empaquetó su baúl
Y el viaje fue hacia el sur.Mi hermano era un conquistador,
A nuestro pueblo le falta espacio
y conseguir tierras es,
entre nosotros, un viejo sueño.El espacio que mi hermano conquistó
está en el macizo del Guadarrama
y mide un metro ochenta de largo
por un metro cincuenta de hondo.
Aquel clarísimo pero irreproducible tief (hondo, profundo), rimando inesperadamente —como una puñalada— con massiv, le confiere al original la honda majestad de un réquiem. Y revela a un poeta de cuerpo entero. Pero se pierde al traducirlo. Sin remisión.
Una aproximación que quisiera hacerle honor podría ser la que sigue, haciendo la salvedad de que es imposible condecir ese adjetivo final, tief, que lo define todo. Aun cuando se me ocurrió una variante no desechable:
Mi hermano era piloto,
llegó un día una postal,
hizo su equipaje y
rumbo al sur echó a volar.Mi hermano era un conquistador,
nuestro pueblo vive estrecho
y hallar espacio es,
entre nosotros, un viejo sueño.La tierra que mi hermano conquistara
está en la Sierra del Guadarrama
y un metro ochenta mide en longitud:
poco más que medía su ataúd.
Esta solución a lo mejor rescata por vía indirecta el golpetazo del verso final de Brecht y lo hace machadiano: «Un golpe de ataúd en tierra es algo / perfectamente serio».