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Lunes, 7 de marzo de 2011

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Historia

Traduciendo desde el exilio (1): Ernestina de Champourcín

Por Josefina Cornejo

Ernestina de Champourcín (Vitoria, 1905–Madrid, 1999) no comenzó a escribir cuando en 1930 conoció a Juan José Domenchina, poeta y secretario de Manuel Azaña, en la tertulia del madrileño Hotel Regina, a la que acudían escritores e intelectuales como Pío Baroja y Ramón del Valle-Inclán. Ya unos años antes había publicado En silencio (1926) y Ahora (1928) y era conocida y asidua de los círculos literarios de Madrid y una de las promotoras del Liceo Femenino. Poseedora de una voz poética de gran fuerza, la influencia en su obra de Juan Ramón Jiménez, a quien consideró su mentor y cuya amistad conservó durante años, resulta, no obstante, manifiesta. Gerardo Diego la incluyó en su antología Poesía española contemporánea de 1932 y su nombre ingresó en la nómina de escritores de la generación del 27. Adquirió gran prestigio como crítica en diversos periódicos y publicaciones literarias, y autores como Alberti, Aleixandre o Guillén le confiaban sus poemarios para que los reseñara. Mas en apenas unos años, la que parecía tener todos los visos de convertirse en una carrera literaria prolífica y exitosa, se vio truncada y relegada a un segundo plano por los avatares políticos de la convulsa España de los años treinta.

En 1939, cuando la Guerra Civil española se aproximaba a su fin, Champourcín, junto a Domenchina, con quien había contraído matrimonio en los albores del conflicto fratricida, cruzó la frontera francesa. La pareja, ambos republicanos y de izquierdas, emprendía un periplo por Toulouse y París, desde donde pusieron rumbo a México, invitados por el diplomático y escritor mexicano Alfonso Reyes, fundador y director de la Casa de España, centro de reunión y trabajo de muchos de los intelectuales españoles que se exiliaron al país norteamericano tras la victoria franquista. Los medios de comunicación locales recibieron a la escritora como una poeta famosa y en un principio colaboró con algunas revistas literarias. Poco a poco su actividad creativa se resintió (habrían de pasar casi dos décadas hasta su siguiente libro): necesitaba de una dedicación remunerada para sobrevivir. Cuando Daniel Cosío Villegas, historiador y ensayista mexicano, supo de las dificultades que atravesaba el matrimonio, les ofreció colaborar como traductores en el Fondo de Cultura Económica, editorial que había fundado en 1934. Comenzaba así el quehacer traductor de Champourcín —«para ganarme la vida», reconocía— que, a lo largo de cuarenta años, produjo una larga lista de más de cincuenta libros de literatura, historia, biografía, sociología y etnografía que la autora vertía desde el inglés, francés y portugués. El primer encargo fue una biografía de Voltaire en 1941. Cosío Villegas recibió con tanto agrado su traducción que le facilitó sobremanera el desempeño de su trabajo. Cuentan que la autora escogía los títulos que deseaba traducir.

Al FCE y a otras editoriales mexicanas, como Centauro, Rueca y Nuevo Mundo, contribuyó con numerosos títulos, y en España, tras regresar en 1972, Alianza Editorial y Revista de Occidente, entre otras, requirieron de sus servicios. Son muchos los trabajos que llevan su firma. Tradujo a los británicos Elizabeth Barrett Browning y William Golding. De la primera, Sonetos del portugués (1942); del Nobel inglés, El dios escorpión: Tres novelas cortas (1973). A ella le debemos también la antología Obra escogida de Emily Dickinson (1946) y Cuentos de Edgar Allan Poe (1971), del famoso escritor norteamericano. Suyas son asimismo las versiones españolas del Diario V: 1947-1955 (1985), de la escritora francesa Anaïs Nin, El aire y los sueños (1943), del filósofo galo Gaston Bachelard, y El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis (1951), del historiador y pensador rumano Mircea Eliade.

La cultura hispánica a ambos lados del Atlántico se enriqueció con las aportaciones de Champourcín y otros muchos. Gracias a ellos llegaba a España la voz de los desterrados. La labor traductora de la escritora alavesa tendió un puente cultural con el que el adormilado país franquista comenzó a despertar. Regresó en 1972 a un Madrid muy alejado de sus recuerdos. Nacía así un nuevo exilio.

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