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Jueves, 21 de junio de 2012

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Traductología

No se me repita (y 2)

Por Enrique Bernárdez

El pecado de la repetición adquiere especial gravedad en los gerundios y los adverbios en -mente. Hay editoriales que lo advierten previamente a los traductores. Todo traductor procura evitar esas y otras repeticiones en textos no literarios; en manuales, libros de texto, monografías, incluso en muchos ensayos, el estilo personal del autor es secundario. Pero en una obra literaria… Algunos de nuestros editores deberían de tener en cuenta lo siguiente: los escritores que usan otros idiomas no son analfabetos estilísticos; si hay repeticiones, no es porque las otras lenguas carezcan de sinónimos u otras formas de evitarlas; si esos libros se han publicado en el extranjero, no es porque los editores y los lectores de otros países sean analfabetos estilísticos. Por ejemplo, en las lenguas «de nuestro entorno» hay muchos verbos de decir. Si un escritor repite machaconamente dijo no es porque su gramática y su diccionario no le dejen más opciones, sino porque así lo ha querido; probablemente después de mucho pensar. Porque los escritores suelen pensarse mucho, a veces muchísimo, cómo escribir las cosas. Les dan vueltas y más vueltas hasta que llegan a las formas que les parecen más adecuadas para lo que quieren decir.

Pero eso tan pensado llega al traductor, que teme respetar las conscientes repeticiones del autor por el qué dirán (autocensura) y elimina alguna, y luego al corrector, que presiona para quitar las demás (censura al autor, no al traductor). Si no, el crítico lanzará su indignado anatema contra el traductor. Pero:

—¡Ah! muy bien, al menos lo confiesa usted francamente, no se cree deshonrado por no haber visto el retrato de Machard. Me parece muy bien por su parte. […]. Evidentemente, ella no se parece a las mujeres azules y amarillas de nuestro amigo Biche. Pero debo confesarlo francamente...

Cualquier corrector propondría eliminar esas repeticiones, sobre todo los dos francamente, separados (en el original) por solo cuatro líneas. ¿Quién es el culpable de ese despropósito estilístico? Nada, un escritorzuelo francés desconocido. Marcel Proust, se llamaba, y el ejemplo procede de su novela Un amor de Swann.1 Y a poco que busquemos, encontraremos centenares de repeticiones como estas. Cuando un corrector propone al traductor quitar tanta repetición, ¿está hablando al traductor, o al autor? ¿Está implicando que Proust era un mal estilista? ¿Qué toda literatura tiene que aparecer en español según las normas estilísticas que Borges criticaba en 1928?

Naturalmente, no es que tengamos que repetirnos sin necesidad. Pero debemos reconocer que la repetición es una opción del escritor: repite lo que quiere porque le da la literaria gana. Y el traductor, naturalmente, se debe al autor.

Pero puede parecer que esto es una cuestión solamente española. Permítaseme un ejemplo extranjero. En 1946, la editorial neoyorquina Alfred A. Knopf publicó una versión inglesa de la novela Gente independiente (1934-35), del islandés Halldór Laxness, que obtendría el Nobel en 1955. Esa versión inglesa la puso en español, en Argentina, el gran traductor Floreal Mazía. Pero, como el mismo Laxness le contó a otro escritor islandés, Guðbergur Bergsson (quien me lo contó a mí), habían cambiado muchas cosas porque el editor americano consideraba que «así no se escribe una novela»: regularizaron el uso de tiempos, quitaron capítulos consistentes en poemas, eliminaron poemas en otros capítulos… Una nueva versión española, publicada en Madrid en 2004, volvió a la integridad original del texto, aunque conservando lo mucho valioso de la versión argentina.

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  • (1) En una traducción descuidada y sin pretensiones del autor de este trujamán. volver
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