Interferencias
Por Ricardo Bada
Aquí me tienen ustedes de nuevo para platicarles —¡qué lindo es este verbo tan mexicano!— acerca de los híbridos lingüísticos. Pero no, no teman que les vaya a infligir un sesudo discurso, nada de eso, sencillamente me voy a limitar a constatar cómo es que se imponen ciertas curiosas modas idiomáticas relacionadas con nuestro idioma, y las posibles consecuencias que podemos extraer del caso.
Y es que por estos días he recibido un e-mail de una excelente periodista serbia, gran amiga mía, que se llama Snežana Stanojevic, entre cuyas no menores habilidades se cuentan las de tocar maravillosamente la quena y cantar en quechua: hasta tiene su propio conjunto de música andina nada menos que en Belgrado. Y antes de que se me olvide: su nombre Snežana, en serbio significa Blancanieves.
De modo y manera que he recibido por estos días un e-mail de Blancanieves en el que me dice que la televisión serbia transmite algunas telenovelas latinoamericanas, naturalmente subtituladas. Con el resultado de que los serbios se han acostumbrado a emplear en la vida diaria expresiones tales como «hija mía», «lárgate de aquí», «mi corazón», «cierra la puerta, por favor», y muchas más.
Coincidente con el e-mail de Blancanieves desde Belgrado recordé haber leído en el ABC una nota acerca del idioma juvenil en Noruega, donde se estaban imponiendo términos tales como «adiós», «caramba», «hombre», «salsa», «señorita» y «vale».
Y asimismo coincidente es la noticia de que en el 2002, por primera vez en la historia de los Estados Unidos, dos candidatos a gobernador de un Estado (el de Texas), mantuvieron un duelo televisivo en castellano.
Por si todo esto fuera poco, hace tiempo que vengo observando que las jóvenes generaciones alemanas también emplean con harta frecuencia expresiones de nuestro idioma, diciendo por ejemplo «amigo» con la misma naturalidad con la que dicen Lebensversicherungsgesellschaft, vocablo de 31 letras —de las que sólo nueve, pobrecitas, son vocales— y que no significa otra cosa sino «sociedad de seguros de vida». E imagino que en otros países y otros idiomas la situación debe ser muy parecida: el poder contagioso de nuestro idioma es algo de alquilar balcones, como nos enseña la donosa expresión montevideana.
Entonces… entonces se me figura que debemos ahondar en el tema.
Creemos, porque nos lo machacan continuamente, que el inglés es la lengua franca de nuestro tiempo… pero no nos detenemos a pensar que es tan sólo la lengua franca del segmento técnico de la vida. Si ustedes repasan el Diccionario de autoridades de la lengua castellana, de 1726, encontrarán que las palabras «babor» y «estribor» están incluidas en él con una «d» al final y se les adjudica una etimología falsa: el francés, cuando de donde provienen es del neerlandés. Y lo que sucede es que se les atribuye un origen francés porque en 1726 la lengua franca era el idioma de Molière, que se había apropiado de las holandesas backboord y stuurboord.
Dicho en otras palabras: de la misma manera que «babor» y «estribor» son hoy palabras tan castellanas como cualquier otra, llegará el día en que nadie recordará el origen anglosajón de e-mail: y eso será porque todos lo llamarán «emilio». Una vez más, en otras palabras: creo que este idioma nuestro, el castellano, dispone de una capacidad intrínseca de humanizar conceptos que el inglés jamás podrá alcanzar: haría falta un nuevo Shakespeare.
Y aquí les confieso que desde siempre me tiene muy intrigado aquel verso de Rubén Darío en su poema A Roosevelt, donde menciona —cito literalmente— a «la América ingenua que (…) aún habla en español». ¿Qué significa ese «aún»?, me pregunto, ¿significa que Rubén Darío era un pesimista y pensaba que la América ingenua terminaría hablando el idioma del Norte poderoso? No, con seguridad que no, pues de lo contrario no sería congruente el resto del poema.
Así pues, sólo cabe la explicación de que ese «aún» era una sílaba que le faltaba para componer el segundo hemistiquio de un alejandrino. Pero incluso en el caso de que fuese cierta la otra alternativa, la del pesimismo de Rubén Darío, pienso que podemos tranquilizarlo post mórtem: a estas alturas del partido se han cambiado las tornas y más bien puede empezarse a decir que los Estados Unidos aún hablan inglés. Aún.