Traductología
Por Enrique Bernárdez
Cuando el traductor recibe los comentarios del editor o del corrector, hay algo que es más seguro aún que la muerte: que se tacharán todas las repeticiones de palabras, incluso de derivados de una misma raíz, no solo cuando están muy próximas (¡en tal caso, la recriminación es aún más segura!), sino frecuentemente cuando aparecen en la misma página. Esto afecta a todas las clases de palabras, aunque sobre todo a los verba dicendi del original; este puede repetir el más habitual, estilo dijo, excepto cuando hay especial interés por señalar el tipo de acto de habla que se realiza. Este juego queda normalmente anulado en español, necesariamente, porque es imprescindible variar esos verbos; normalmente, haciendo obvio lo evidente: «preguntar» si se pregunta, «responder» si es respuesta; pero también añadiendo matices que el autor (o la autora) se ha esforzado por evitar: repuso no significa lo mismo que respondió, por ejemplo, pero nadie está autorizado a decir dos veces (casi) seguidas «XXX –respondió». La subtraducción, esto es, decir en la traducción menos que en el original, suele ser inevitable. La sobretraducción, decir más de lo que dijo el autor en su original, es un pecado capital de la traducción (¡vaya, no puede ser, he repetido «traducción» cuatro veces en tres líneas!), obliga al autor a decir cosas que nunca quiso decir, que muchas veces hizo todo lo posible por no decir.
Esta manía no es nueva. Jorge Luis Borges, en un ensayo de 1928 que forma parte de su libro El idioma de los argentinos (Madrid, Alianza, 1998), dice lo siguiente, sobre la repetición en los escritores y la visión que en España se tenía del tema:
La sinonimia perfecta es lo que ellos quieren, el sermón hispánico. El máximo desfile verbal, aunque de fantasmas o de ausentes o de difuntos. La falta de expresión nada importa; lo que importa son los arreos, galas y riquezas del español, por otro nombre el fraude. La sueñera mental y la concepción acústica del estilo son las que fomentan sinónimos: palabras que sin la incomodidad de cambiar de idea, cambian de ruido. La Academia las apadrina con entusiasmo.
Inaccesibles al desaliento, académicos, profesores, correctores y editores se mantienen fieles a ese sermón hispánico donde se multiplican los «sinónimos» para evitar la repetición. Y el traductor se autocensura, enmendando así la plana al autor a fin de evitar las airadas reprimendas y obligadas correcciones que se le impondrán. Como siempre, la autocensura para intentar salvarse de la censura. Normalmente con poco éxito, porque el traductor (¡horror, dos veces «traductor» en apenas tres líneas! ¡Anatema, anatema!) se dará perfecta cuenta de que en algunos momentos el autor ha querido repetirse conscientemente, y su obligación es respetar la decisión.
¿A qué viene esta obsesión por la repetición? Muchas de las normas «estilísticas» habituales en español responden en último término a las peculiaridades de la lectura en voz alta, como ya decía Borges («la concepción acústica del estilo»). Por eso mismo se tiene que evitar algo tan horrible como la «obsesión por la repetición»: aquí se repite el final de las palabras, la rima, digamos, lo que tampoco es permisible porque «suena mal». Parece que los responsables no se han percatado aún de que la mayoría de los lectores lee en silencio…. Es el autor, no una institución, quien elige su propio uso del lenguaje.
En próximos trujamanes continuaremos con este peliagudo tema, terror del traductor (y del escritor).