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Jueves, 30 de junio de 2011

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Enseñanza

Que escribir bien no cuesta tanto

Por Elena M. Cano e Íñigo Sánchez Paños

O tanto como escribir mal. No vamos a entretenernos aquí en levantar gazapos y hasta liebres: el asalto es tan evidente y constante que no vale la pena. Basta, en lo público, con darse un paseíto por las televisiones y los periódicos, con pararse un segundo a oír a nuestros comunicadores, a nuestros políticos… Y, para llenarse de envidia, oír lo que dice entre llantos la colombiana que se ha quedado sin chabola con las lluvias, o el mejicano que explica cómo entraron cuatro sicarios en la taberna y…

Hace ya muchos años —tantos que aquellos niños son ya maestros y catedráticos y profesores de futuros maestros y catedráticos—, los que andábamos metidos en el ajetreo de la enseñanza no nos dimos cuenta de lo que se nos venía encima con las primeras reformas educativas. Muy al principio de los setenta. Y fueron cayéndonos inmisericordes una tras otra sin que nos echáramos a la calle a defender lo que era nuestro y habíamos heredado de nuestros mayores. Cuando finalmente nos percatamos, solo nos quedaban las barricadas.

Una de las mayores agresiones fue (es) la que sufrió (sigue sufriendo) la lengua española. En las aulas universitarias, el desdén es terrible. Quizá uno de los escasos reductos que van quedando está precisamente en Traducción e Interpretación. La diferencia que existe realmente entre cómo recibimos a los estudiantes y cómo salen al cabo de cuatro años es abismal. Es más, llegan a convertirse (no todos) en gente orgullosa de su lengua. Cuesta, pero se consigue. Es rarísimo que un estudiante ya de 2.º o 3.º siga diciendo «detrás mía», por ejemplo, o empleando los gerundios a martillazo limpio, como los habladores de la tele.

Más claro. En algunos programas de posgrado se juntan licenciados (aún no hay graduados) de jaez variopinto: historiadores, filósofos, periodistas, abanicos de filólogos… y traductores. Salvo muy honrosas excepciones, los únicos que son capaces de expresarse oralmente y por escrito con cierto donaire son los traductores. Son también los únicos que admiten la corrección y aceptan que pueden estar equivocados. Los únicos que saben que no conocen al dedillo ni el diccionario ni la gramática ni el arte de bien decir.

¿Por qué? Quizá, porque el traductor cacharrea esencialmente textos de otros y esos textos están a veces tan espantosamente escritos que le cuesta comprenderlos. Y, a pesar de todo, tiene con el autor de ese texto malo el mismo respeto que con cualquier otro y le evita, en la lengua de llegada, los errores de todo tipo que por su cuenta ha cometido en el original. Por detrás está, evidentemente, la noción de fidelidad a la lengua de llegada (por lo general, la materna) que se les tatúa en tercer grado desde que pisan las aulas. Sin menoscabo de la fidelidad al mensaje, más evidentemente aún.

En los centros de estudio de Traducción e Interpretación —sobre todo, al principio— se mezclan con los de Traducción profesores que proceden de algunas Filologías: para afianzar las lenguas adquiridas o darles el oportuno enfoque, y para hacer lo propio con la española. Aquí tampoco queremos caer en el anecdotario, pero la deformación (¿seudo?) investigadora y el afán por los cajones con etiquetas es tal que cuesta muchísimo que entiendan que para traducir no hace falta conocer la teoría sobre las relaciones anafóricas y catafóricas ni las variantes dialectales del español del siglo xvii. No sobra, como tampoco le sobra al protésico dental. Pero no hace falta. Luego, poco a poco y con algo de luces y buena voluntad por su parte, suelen ir entrando por el aro de cubrir unas necesidades de comprensión lectora y de expresión oral y escrita que no son las de otros estudios. En particular, no son las de Filología.

Lo que más arriba decíamos: los traductores profesionales son un orgulloso reducto.

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