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Jueves, 16 de junio de 2011

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Historia

Traduciendo desde el exilio (3): José García de Villalta

Por Josefina Cornejo

Durante la segunda y tercera décadas del siglo xix, la restauración del régimen monárquico absolutista en la figura de Fernando VII provoca el destierro de un gran número de literatos liberales a, principalmente, tierras francesas e inglesas. En Londres, miembros de la colonia de exiliados españoles, como José María Torrijos, José Muñoz de Sotomayor y José María Blanco White, ejercen de traductores para ganarse el sustento. Juntos a ellos se halla quien firmará Macbeth, la primera versión en español que toma como punto de partida el original shakesperiano: José García de Villalta.

Son pocos los datos biográficos de él de que disponemos, y sus idas y venidas resultan confusas. Natural de Sevilla, donde nace en 1801, se sabe con certeza que, disconforme con el rey, emigra a Inglaterra en 1824. Se desconoce, sin embargo, el periodo exacto de su estancia en las islas británicas. Allí debió surgir su interés y admiración por Shakespeare. Las siguientes paradas —con fechas imprecisas— son Francia y Suiza. En 1834 se le sitúa de nuevo en España: acusado de participar en una trama conspiratoria para derrocar a la reina niña Isabel, es encarcelado junto a su amigo José de Espronceda y, más tarde, desterrado a Zaragoza y Sevilla. Ejerce la carrera periodística en diferentes medios: es redactor de los rotativos El Siglo y El Español (fundado por Blanco-White en Londres y crítico con el rey), y concibe y dirige la revista El Labriego (1840). Tiene una discreta trayectoria política: es gobernador de Lugo durante un tiempo y disfruta de la vida diplomática en tierras helenas. Muere en Atenas en 1846.

García de Villalta forma parte del grupo de consagrados novelistas y dramaturgos románticos —como el ya citado Espronceda, Mariano José de Larra, Francisco Martínez de la Rosa, el Duque de Rivas y Eugenio Hartzenbusch— cuya producción literaria contribuye al asentamiento de la novela histórica en el contexto nacional. El escritor también aportó su grano de arena: en su El golpe en vago —gestada durante sus años ingleses— la influencia de Walter Scott, máximo exponente de este género, y, en concreto, de su Ivanhoe (1819) resulta más que acusada. En 1837 estrena Los amoríos de 1790 y en 1839 lleva a escena El astrólogo de Valladolid. Prologa asimismo las Poesías (1840) de su amigo Espronceda. En 1845 escribe una Gramática de la lengua castellana para uso de las escuelas, obra didáctica e innovadora que se cimenta sobre su conocimiento de varias lenguas vivas.

Su labor traductora comienza en 1834 con la publicación de El último día de un condenado a muerte, quizá la primera versión española de la obra de uno de los más importantes escritores románticos, Victor Hugo. El mismo año traduce los cuatro volúmenes de la Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón, de Washington Irving, que en España será la más popular de todas las obras del escritor estadounidense. En 1839 estrena su versión del drama El Paria, del dramaturgo francés Casimir Delavigne, que no logra el favor de la audiencia. La crítica, ajena a la indiferencia del público, la alaba. Macbeth es su gran contribución a la historia de la traducción española. Emprende la tarea con el propósito de divulgar el valor del genio shakesperiano en la Península. Llevada al teatro en 1838, no entusiasma a los espectadores; según indican las reseñas del momento, es un estrepitoso fracaso. Los entendidos, sin embargo, aprecian la labor del traductor y califican la aventura de «arrojadísimo ensayo». Del isabelino traduce asimismo varios fragmentos de Otelo, que ven la luz en la revista El pensamiento en 1841y que, años más tarde, se reproducen en la publicación literaria La Ilustración Española y Americana.

García de Villalta constituye una figura relevante en la traducción decimonónica. Si bien escasa, su producción —los títulos elegidos y la fecha en que aparecen— resulta transcendental en la consolidación de Shakespeare en la escena española y en la formación del gusto romántico nacional y le convierte, en palabras de Menéndez y Pelayo, en un «incomparable traductor».

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