Historia
Por Gabriel García-Noblejas
Más adelante, la importancia del Tao Te Ching movería a un editor a publicarlo independientemente1, es decir, separado de la traducción de Chuang Tzu, y con algunas variaciones respecto a la citada edición, a saber, el libro aparece en edición bilingüe, con transcripción china en pinyin, con enmiendas mínimas en la traducción misma de los textos, con un pequeño vocabulario chino-español de todos los términos que aparecen en el Tao Te Ching y con un índice de materias muy útil para la búsqueda de conceptos; además, el prólogo no es el que escribiera el padre Elorduy, sino otro, de Manuel Garrido, y el estudio final del libro, «Análisis del Tao Te Ching», firmado por Carmelo Elorduy, es el resumen que hiciera el padre Eusebio Gil de los dos estudios del padre Elorduy que abrían y cerraban Dos grandes maestros del taoísmo.
Algunas de las características de la traducción de Elorduy del Tao Te Ching son las que repasamos brevemente a continuación.
Primera, el traductor introduce sistemáticamente un título —inexistente en el original— a cada poema del Tao Te Ching, un título que, en cierto modo, supone ya una interpretación y un resumen de lo que el traductor considera lo esencial del contenido del poema. Así, por ejemplo, al texto número 12, que dice así:
a) Los cinco colores ciegan la vista. Los cinco sonidos ensordecen los oídos. Los cinco sabores estragan el gusto. Las carreras y la caza enloquecen los corazones. Los objetos costosos pierden al hombre.
b) En consecuencia, el varón santo trabaja para los estómagos, no para los ojos.
c) Aparta aquello y toma esto.
El traductor añade un título que dice: «El varón santo busca no apariencia, sino realidades». Queda el lector, así, avisado del sentido del texto que va a leer.
Una segunda característica es la abundancia de notas. Muchas notas tratan de explicar mejor algún concepto o expresión que el traductor consideró demasiado oscura como para que el lector la comprendiera cabalmente; algunas aclaran frases hechas que la traducción mantiene; otras comparan conceptos del taoísmo con conceptos de la filosofía occidental de una manera que recuerda, ciertamente, el método de Fray Domingo Fernández de Navarrete. En consecuencia, el lector interrumpe con frecuencia la lectura del texto original para acudir al pie de página, conoce las opiniones del traductor sobre posibles paralelismos ideológicos entre el taoísmo y la filosofía occidental, y comprende mejor algunos clichés que permanecen en el texto en castellano.
Ver todos los artículos de «La traducción chino-español en el siglo xx: Carmelo Elorduy»