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Lunes, 6 de junio de 2011

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Autores a. s. xx

La belleza (3)

Por Ramón Buenaventura

Las dos primeras frases del segundo párrafo (Un soir, j’ai assis la Beauté sur mes genoux. —Et je l’ai trouvée amère. — Et je l’ai injuriée) no admiten mucho devaneo: cabe discutir si «soir» debe ser «tarde» o «noche» (nunca «sonochada», que fue, seguramente, lo que me apeteció poner a los dieciocho años), cabe embobarse en el disparate de dejar los verbos en pretérito perfecto compuesto (se ha hecho), o poner, en algo quizá parecido al castellano, «he sentado a la Belleza en mis rodillas» (también se ha hecho: en las traducciones de Rimbaud no hay nada que no se haya hecho, porque ningún poeta ha provocado la osadía de tantos aficionados incapaces). La única duda decente podría localizarse en la última frase, Et je l’ai injuriée.

En la primera versión me tomé, por mor del ritmo y la eufonía, la inadmisible libertad de traducir «Y la cubrí de insultos». No es eso lo que dice Rimbaud, no hay ninguna gana de adornarse en el original, que solo pretende ser rotundo y embestir contra el lector, llevándoselo por delante. Podemos recurrir a diversos sinónimos de «injuriar» (sin excedernos en el retorcimiento, claro: valdría  «Y la insulté», por ejemplo, aunque no, nunca, «Y la vituperé»); pero de ninguna manera estamos autorizados a emplear un giro seudocreativo como «cubrir de insultos».

Puestos a cubrir, podríamos cubrir de comentarios parecidos toda mi primera versión de Une saison en Enfer (que, sin embargo, fue un éxito de crítica y público, lo cual, claro está, nada demuestra). Puede haber, en el traductor, una tendencia natural al embellecimiento, a mejorar el original, a darle todo lo que uno se considera capaz de dar. Hay textos, sin duda, en que ello resulta aconsejable, porque vienen espantosamente escritos en origen y no merecen el menor respeto (y sería el traductor, si copiara sus fealdades, quien pasara por torpe y desaliñado ante la cátedra). Alguna novelucha así me ha tocado traducir.

Pero hermosear a Rimbaud es incurrir en petulancia.

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