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Viernes, 3 de junio de 2011

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Traductología

Traductores pudorosos

Por Mariano Antolín Rato

En enero pasado hice aquí una referencia más indirecta de lo que suelo al pudor, o quizá mojigatería, de ciertas expresiones inglesas que había oído o leído recientemente. En concreto me refería al uso por escrito de Rebeca West de doctoring y al oral de done por parte de unos vecinos gazmoños para designar la castración médica de un gato o un perro. A propósito, entonces cometí un error que, que yo sepa, ninguno de los hipotéticos lectores de estas páginas se tomó la molestia de señalar. Atribuía a los Rolling Stones una canción titulada White Horses, cuando lo cierto es que se llama Wild Horses. Mis disculpas por la pifia.

Ahora vuelvo con menos rodeos al pudor; pero al de los traductores. Y es que a veces se muestran de lo más comedido a la hora de verter ciertas expresiones de las que Cela sacó tanto partido. Les cuesta superar por escrito una especie de recato que, sin embargo, el autor del original no manifiesta, pues por lo general viene exigido por el contexto. Es el caso, por referirme a una novela que he traducido, de El ruido y la furia —o «furor», como ha razonado con acierto en esta serie alguien de cuyo nombre no consigo acordarme—. La tercera sección de esa obra maestra de Faulkner empieza con unas palabras de Jason Compson que dicen mucho del que va a resultar un personaje repulsivo: «Once bitch always a bitch». En mi versión aparecen como: «Puta una vez, puta siempre». Algo que, aparte de con las explicaciones añadidas inexistentes en el original, no coincide con los más comedidos «zorra» o «mujerzuela» que utilizan otros traductores. Consideré que debían ser tan terminantes y groseras porque ponían sobre aviso al lector del carácter mezquino y avaricioso de Jason tal y como se desarrollará en las páginas siguientes. Y porque Faulkner no se había andado por las ramas al presentarlo con una opinión tan rotunda que el personaje no llega a expresar verbalmente. Cabe oponer que en 1928, fecha en que se sitúa el monólogo interior, todavía no estuviera tan extendido como ahora el uso del término que, con todo, recuerdo a bote pronto, ya aparece en La Celestina o La lozana andaluza, y en este último caso con una detallada relación de las clases de putas que existían en la Roma de entonces. Así que me atreví a dar la frase de ese modo descarnado y sin recurrir a eufemismos, en mi intención de ser lo más fiel posible al original.

No hizo lo mismo Consuelo Berges en su celebrada versión de En busca del tiempo perdido. Lo descubrí cuando traduje un buen ensayo de Malcolm Bowie sobre Proust que pasó sin pena ni gloria: Proust entre las estrellas. En principio me tentó la perspectiva de traducir los numerosos fragmentos incluidos de la colosal obra. Luego, como la editorial que lo publicaba era Alianza, en cuyo catálogo figura esa serie de novelas, insistieron en que reprodujese las versiones de Berges. No pude, sin embargo, dejar de corregir algunas expresiones que esa excelente traductora había atemperado, supongo que también debido a la censura impuesta durante la negra época en que las hizo. Maite Gallego me permitió el acceso a su archivo sobre los numerosos términos referidos a la cuestión y que ella había recogido de Esplendor y miseria de las cortesanas, de Balzac, autor al que había traducido tan bien como acostumbra. De ese modo, y como aún no habían aparecido las nuevas versiones que hicieron Carlos Manzano y Mauro Armiño por separado, osé cambiar numerosas calificaciones pudibundas por otras más crudas, pero precisas.

Las expuestas son sólo dos muestras de la contención observada al verter a unos autores clásicos. Si pasara a otras novelas recientes y con aire de malditas los ejemplos podrían multiplicarse. Y eso que no dejo de observar con prevención la tendencia tan frecuente en estos últimos años de traducir obras del pasado con un lenguaje desenfadado y más acorde con el actual. Pero eso ya sería entrar en los niveles del lenguaje.

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