Autores s. xx
Por Ricardo Bada
A lo largo de mis muchos años he tenido ocasiones suficientes de vivir auténticas epifanías, instantes maravillosos, pero también algunos sumamente absurdos y que todavía me hacen menear la cabeza en un claro gesto de perplejidad. De todos estos últimos, recuerdo el día inaudito en que por razones de trabajo me vi obligado a traducir a Ortega y Gasset... al castellano.
El hecho sucedió en 1983, cuando se celebró el centenario del nacimiento del ilustre fundador de la Revista de Occidente. Ocurre que Ortega es en verdad el único filósofo español que conocen los alemanes, habiendo habido algún socarrón que lo llamó cierta vez, parafraseando el doble título de un rey, «filósofo primero de España y quinto de Alemania». Y por ser Ortega tan conocido aquí, se me ocurrió proponer en mi emisora, la Radio Deutsche Welle, en Colonia, que le dedicásemos un homenaje con motivo de aquel centenario.
La idea fue bien acogida, e incluso viajé a Madrid para entrevistar a la hija del pensador, Soledad Ortega Spottorno, quien entonces presidía la Fundación que lleva el nombre de su padre, y a Julián Marías, discípulo predilecto de aquél. Doña Soledad estuvo gentilísima conmigo, hasta el punto de facilitarme material inédito: fotocopias de cartas familiares que su padre escribió desde Marburgo, donde estudió filosofía en Alemania.
De regreso en Colonia me dio por pensar que los archivos de las radios alemanas a lo mejor poseían grabaciones de las conferencias que Ortega pronunció en el país, muy poco después de terminada la Segunda Guerra Mundial. Y en efecto, esas grabaciones existían y pude conseguir copias de algunas. Entre ellas la de su discurso leído en idioma alemán el 1 de septiembre de 1949 en Hamburgo al recibir la Medalla Goethe.
Un discurso que se titulaba Goethe sin Weimar. Lo escuché y decidí aprovechar sus primeros cinco minutos para poner punto final a nuestro programa de homenaje al filósofo. Pero se presentó un inconveniente. En las obras completas de Ortega no aparecía el texto de ese discurso por ninguna parte. Después de convencerme de que era así, y a riesgo de que doña Soledad me demostrase que yo era un perfecto imbécil y que ese discurso figuraba en las obras completas de su padre bajo otro título, la llamé por teléfono a su casa de Madrid, en la calle Alfonso XII, directamente enfrente del parque del Retiro.
De nuevo estuvo gentilísima y me escuchó sin interrumpirme cuando le expliqué la dificultad en que me encontraba. Cuando terminé me dijo: «Pues mire, no puedo ayudarle porque el texto de ese discurso mi padre lo escribió directamente en alemán. Es natural que se lo corrigieran, ya sabe usted, los dativos, los acusativos, todas esas cosas del idioma alemán... pero no existe lo que usted busca, un original en castellano». Eso me dijo, y ¡trágame tierra!, eso fue lo que pensé.
«¿Y entonces qué puedo hacer, doña Soledad?», le pregunté en un tono tan lastimero que hubiese inspirado indulgencia al mismísimo Calígula. Doña Soledad era todo lo contrario de Calígula, y me atrevo a jurarles que sentí, sentí y vi su sonrisa a 2.022 km de distancia: «Pues mire, tradúzcalo usted mismo», me contestó. Tuve que tragar saliva un par de veces antes de articular mi nueva pregunta: «No sé si la he entendido bien, doña Soledad, ¿me está usted pidiendo que traduzca a Ortega y Gasset al castellano?». «Sí», me dijo muy decidida, «ya va siendo hora de que ese texto también exista en nuestro idioma».
Y así fue, aunque sólo se tratase del fragmento correspondiente a los primeros cinco minutos de la grabación. Por supuesto que antes de grabar el programa le envié mi traducción a doña Soledad, para que la aprobase, pero no puso ningún inconveniente, y es por ello que me atrevo a citarla, aunque sólo sea la frase inicial:
La biografía de Goethe aún no ha sido escrita. La mayoría de sus biografías han sido, casi sin excepción, pergeñadas por profesores de universidad. Y algunos de esos profesores —deseo subrayarlo: algunos— sabían muy poco de la vida, pues la propia se limitó a ser una vida académica; y la vida académica, si sólo es eso, casi no es vida.
¿Suena a Ortega? No lo sé. Pero ¿quién podría saberlo?