Interferencias
Por Ricardo Bada
Soy una persona de lecturas bastante extrañas: de un autor indonesio, Pramoedia Ananta Toer, puedo saltar sin red a la correspondencia de Ibsen; y ahora estoy metido de hoz y de coz en el mundo báltico de Eduard von Keyserling, un autor alemán a quien se deben algunos de los más bellos libros escritos en el idioma de Goethe, aunque es prácticamente ignorado incluso en la propia Alemania. Pero ésa es otra historia. En esta ocasión quisiera hablarles de cómo un día descubrí que un traductor-traidor le había enmendado la plana al original, e hizo bien, o más que bien: requetebién.
Si se me permite una digresión, diré que soy un apasionado de uno de los más grandes poetas franceses del siglo xx, un tal Jacques Brel, al cual se lo suele conocer más bien como cantautor, y punto. Pero lean ustedes los textos de sus canciones, y quizás entonces comprenderán por qué, lo mismo que otros atesoran en sus bibliotecas las obras completas de Kavafis, yo, que también atesoro en mi biblioteca las obras completas de Kavafis, al lado tengo la discografía completa de Jacques Brel.
Lo curioso es que este gran poeta francés era belga, y su idioma materno el flamenco. Sí, Jacques Brel era flamenco, no valón, y sus diatribas contra la burguesía flamenca (¡oigan de nuevo Les flammandes!) le valieron en vida el odio y el ninguneo de la Bélgica de habla neerlandesa, que recién ahora lo está reivindicando.
Pues bien, en una de sus obras maestras, Rosa, Jacques Brel rememora la atmósfera de la clase de latín en la escuela, y dice «je ne suis pas Vasco de Gama», donde «Gama» lógicamente se pronuncia «Gamá», a la francesa, y rima con «Rosá», igualmente pronunciado al galo modo. Y resulta que Rosa es una de las pocas, nada más que cuatro, canciones que Brel cantó no sólo en francés sino también en flamenco: y al llegar a ese verso, como Vasco de Gama no le vale ni le rima para la estructura de la estrofa neerlandesa, en vez del descubridor portugués, Brel echa mano nada menos que Don Cristóbal Colón, «Columbus» en la lengua natal de Spinoza.
Cuento esto, y lo relaciono con lo dicho en el primer párrafo, porque un día me sucedió algo que tiene que ver con las extrañas lecturas y cómo, al pasar de un idioma al otro, se producen reconversiones y diferencias que nunca podríamos haber soñado.
Ignoro cuál fue la razón que me llevó a echarle mano, incapaz de dormir la siesta, a la traducción neerlandesa de un libro que creo que no había leído hasta entonces ni siquiera en castellano: El paraíso perdido de John Milton. De repente aparecieron allí unos versos donde una sola palabra me tentó a mirar qué es lo que figuraba en el original. Y en The Lost Paradise busqué el pasaje que me intrigaba y localicé los siguientes versos:
And all who since, baptized or infidel
Jousted in Aspramont, or Montalban,
Damasco, or Marocco, or Trebizond,
Or whom Biserta sent from Afric shore
When Charlemain with all his peerage fell
By Fontarabbia.
En neerlandés, el final de esa estrofa se leía de otra manera:
ook 't Saracenenheir, dat uit Bizerta
Europa introkt in Roncesvalles
de grote Roland en zijn ridders velde.
Por muy poco inglés, y por mucho menos neerlandés que sepan mis lectores, es evidente que el «Fontarabbia» (Fuenterrabía) de Milton se había convertido en el rotundo «Roncesvalles» del traductor holandés, amén de que la referencia africana fue transformada en europea, y a Carlomagno (Charlemain) se lo sustituyó, como debe de ser, por el gran Rolando.
¡Tate!, díjeme, muy acorde con la época: no se te vuelva a ocurrir hablar mal de los traductores-traidores, porque a veces los pobres lo único que hacen es salvar el diploma de cultura general del autor del original. O lo que es lo mismo, y al mismo tiempo lo contrario, imagínense que aquello de
Mala la hubisteis, franceses,
en ésa de Roncesvalles
en la versión inglesa apareciese traducido algo así como
It was sad for you, French people,
By those thing in Fontarabbia.
Como no me llamo Esopo, La Fontaine, Iriarte, ni tampoco Samaniego, es mejor que la moraleja la añadan ustedes.