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Jueves, 10 de junio de 2010

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Enseñanza

El argot juvenil en la traducción y en la didáctica de la traducción

Por Blanca Díaz Cachón

Cuando el traductor se forma como tal, los profesores otorgan una importancia lógica, pero abrumadora, a esa capacidad camaleónica que ha de caracterizarle como profesional, la cual le permite adoptar ciertas convenciones o incluir argot cuando lo considera necesario. Me parece innecesario mencionar en qué se convierte esa importancia para un intérprete, ni cuantas veces escucharía como estudiante aquello de «durante el discurso, tú eres el orador» o comentarios similares. En el entorno académico también se hace imprescindible asimilar el concepto de «tolerancia», es decir, que ninguna lengua es mejor que otra ni, por extensión, ningún dialecto o jerga.

Personalmente, esto me trae de cabeza porque, durante la documentación, sería tan útil como imposible hacer una estadística en la que se considerasen todos los potenciales receptores del texto, para preguntarles sobre el uso de una palabra o expresión. Evidentemente, antes de iniciar la labor de traducción ya existen textos publicados que informan al traductor sobre el uso de un léxico determinado, pero, una vez más, nos topamos con la posibilidad de que la jerga evolucione vertiginosamente y lo que nos parezca correcto resulte, por ejemplo, arcaico.

Tal es el caso del argot juvenil, tan menospreciado por algunos, pero tan rico y que tan rápido evoluciona. Cuando estudiaba secundaria, recuerdo cómo ciertas palabras cambiaban de un día para otro y lo importante que era conocerlas para no «fracasar socialmente». Hace poco en una serie de televisión norteamericana (que tengo la oportunidad de ver primero en inglés y luego en español) observé lo siguiente: en un aula de instituto un personaje insultaba a otro calificándole de Faggot! y un tercero salía en su defensa avisando al profesor de lo ocurrido. En la versión española ese insulto se quedó en «moñas» y digo se quedó, porque creo que «moñas» se acerca más a «tonto» que a «maricón». No sabía si la palabra «maricón» tiene la misma carga despectiva que tenía hace algún tiempo (aunque suponía que no), por ello pregunté a algún que otro profesor y alumno de secundaria. Ambos corroboraron mi suposición y el alumno me informó de cuál era para él el sentido más habitual de este insulto, haciendo hincapié también, en que la homosexualidad ya no es tan susceptible de ser insultada como antes.

Lo que pretendo con este trujamán es plantear dos preguntas: una, si el traductor o intérprete repara en lo importante que es ser tolerante, incluso con algo que, desde el punto de vista de algunos, se considera el «motor» de la degradación del idioma, caso de la riquísima (a mi parecer) jerga juvenil. La otra, si el profesor de traducción, empeñado con ahínco en que sus alumnos asimilen ciertos conocimientos sobre el argot científico especializado (de cualquier materia), estaría tan dispuesto a que sus alumnos se documentasen sobre otras jergas más «transgresoras».

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