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Martes, 8 de junio de 2010

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Profesión

Automatismos

Por Eva Almazán

Como en todas las actividades que se desarrollan de manera habitual, en el ejercicio profesional de la traducción surgen mil y un automatismos: acciones que llevamos a cabo sin pensar (al menos conscientemente) en lo que hacemos ni en cómo lo hacemos. Existen automatismos físicos, como es el caso del virtuosismo en el uso de atajos de teclado, que delata las muchas horas que hemos pasado trabajando con la misma aplicación informática. Normalmente no percibimos que estos automatismos existen hasta que empezamos a utilizar otra aplicación y comprobamos que los dedos se empeñan en pulsar las combinaciones de teclas que no deben. Así, por ejemplo, el traductor acostumbrado a trabajar con Déjà Vu que empieza a traducir en Trados probablemente se pasará un buen rato (quizás una hora, quizás un día, quizás un mes) maldiciendo cada pocos segundos porque en lugar de guardar la traducción del segmento y pasar al siguiente con <Alt> + <+> se empecina en pulsar <Ctrl> + <↓> una y otra vez. En estas ocasiones nos damos cuenta de hasta qué punto hemos automatizado los atajos y reparamos en la cantidad de tiempo y de atención que nos ahorran, recursos ambos mucho mejor empleados si los dedicamos a resolver los retos con los que nos desafía el texto.

Igualmente importantes (aunque más difíciles de percibir) son los automatismos mentales. Un traductor experimentado no le dedica una reflexión en toda regla, separada y consciente, a cada uno de los elementos que produce, o al menos no debería hacerlo. La mayor parte del tiempo trabajamos en lo que Douglas Robinson1 acertadamente llama «modo de piloto automático»: una complejísima red de mecanismos cognitivo-comunicativos se ejecutan en silencio, en segundo plano, sin que nosotros mismos seamos conscientes de ello. Sólo dejamos el modo automático cuando nos encontramos con algo que merece toda nuestra atención (o buena parte de ella): una palabra que no conocemos, una lectura de la que estamos inseguros, un cambio de formato en el documento original, un término de la lengua meta que no nos viene a la mente tan rápido como querríamos, una redacción que queremos leer en voz alta para asegurarnos de que suena bien, una metáfora original, un fragmento que nos recuerda a un libro que hemos leído, una duda sobre el conocimiento enciclopédico del destinatario...

Los automatismos son peligrosos cuando constituyen vicios: escribir siempre *«inicar» en lugar de «iniciar»; traducir siempre obwohl como «aunque»(olvidando que también podemos recurrir a «por más que», «a pesar de que», «si bien», «aun cuando», «pese a que»...). La proporción de riesgo y beneficio, no obstante, hace de los automatismos un elemento a todas luces positivo, por no decir indispensable. Cuando no existen, mal asunto: sólo el traductor novel o el profesional que se enfrenta a elementos nuevos (áreas temáticas que no conoce, combinaciones lingüísticas que ha frecuentado menos, formatos textuales poco familiares, aplicaciones informáticas recién adquiridas...) puede permitirse el lujo de traducir sin piloto automático, y ello sólo si le consta que será algo provisional y que pronto empezará a automatizar los nuevos comportamientos. En otras palabras, a traducir como un profesional.

  • (1) Robinson, Douglas (1997), Becoming a Translator, Londres & Nueva York: Routledge. volver
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