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Lunes, 7 de junio de 2010

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Traductología

Muy propio (II)

Por Gonzalo García

Todo ese juego de expectativas parte de un manejo muy preciso de las anclas que sujetan el mundo de ficción a nuestra ficción de la realidad: histórica, tradicional, literaria, personal, soñada... Praga, la Zeltnergasse, Hladík, Boehme, el inspector de la Gestapo Julius Rothe, todas son referencias intraducibles, caracterizadas por su propio color, colocadas para trasladarnos a un lugar concreto de la geografía de la imaginación. Hoy se da por descontado que, al traducir a Borges al español, no recurriremos al Jacobo ni el Julio que habría empleado sin manías el siglo xviii; pero son otros los caminos por los que también traicionamos: incluso si, como se viene haciendo desde 1945, se desgermanizan los nombres de los territorios ocupados por los nazis, incluso entonces perderemos porque ¿será la vía Celetna la de Kafka?, ¿la de la noche previa a la definitiva invasión nazi?

En consecuencia, parece claro que lo propio, con los nombres propios, es no traducirlos, salvo... o más que salvo, sálvese quien pueda, porque contra eso que podía parecer, los según y depende de esta cuestión —razón de vivir de los traductores, quebradero de cabeza en ocasiones insoluble— se enredan hasta tal punto que lo propio, con los nombres propios, es afirmar lo mínimo y dudar al máximo.

Ponemos unos ejemplos, por no dejarlo ahí? (Mala cosa, lo que se deja en la teoría, tan redondo, tan trimembre, tan inútil.) Imaginemos un vampiro, por ejemplo, de familia antigua. Brumas. Estamos en Alemania. ¿Quiénes son sus Rodrigos, su aristocracia medieval? Pongámosle un Rüdiger. Y ahora un apellido que truene a imponente, algún Von extenso y ruidoso... ¿ponemos un Von Schlotterstein?  

Esa es la antroponimia de El pequeño vampiro, de Angela Sommer-Bodenburg. Tenemos el color; hará falta decidir qué hacemos con su traducción. La (buena) literatura infantil no se diferencia de la (buena) literatura en general más que por el público lector y, consiguientemente, por un particular lector in fabula. Pero esto no es baladí: Borges puede exigir a su lector que maneje una enciclopedia amplia como el mundo real e imaginario, pero quien escribe para niños, no. A Borges lo ampara la tradición: a todos nos gusta Borges, ¡ah, Borges!, el gran Borges. Si alguien amaga un tímido: «A mí me aburre un poco», lo miraremos mal; mejor que rectifique, «A mí me abruma un poco», y le sonreiremos por haber confirmado la grandeza del genio y compartido nuestro complejo.

Pero los niños, que ven a los emperadores desnudos, dejan los libros que les aburren; y por tanto, también aquellos que exigen para su disfrute un saber previo del que no disponen. Un lectorcillo alemán capta pronto varios matices en ese sonoro Rüdiger von Schlotterstein; nuestro lectorcillo particular quizá lo capte menos; o quizá no, quizá lo capte a su forma porque el nombre es pesado, largo, difícil; no es ni Lucía Gómez ni Alejandro García.

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