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Clases de natación en Praga (I)
Miguel Martínez-Lage
A Nuria Barrios,
por sus Amores patológicos,
disección de los ánades
cuando nadan y cuando no (nadan nada)
O estoy envejeciendo a pasos
tan agigantados que me atortugo sin darme cuenta, más conchas que
un galápago me salen en los párpados cuando me miro y no me encuentro
en el espejo, o es que vivo a caballo de dos mundos sin que ninguna
alforja sea mía. Hasta hartarnos hemos dicho y hasta la saciedad
repetiremos que cada generación necesita volver a traducir a sus
clásicos. En realidad, lo dijo una vez Juan del Solar, y tan bien
lo dijo, alto y claro, que no soy el único que lo suscribe y no
se desdice. No obstante, esa vuelta a los orígenes para destilar
otra vez en el alambique nuevo el plasma de lo que tan antiguamente
nos importa, y hoy nos importa, y mucho, a veces me crea contradicciones
tales que ni me veo en el espejo, ni me sale el caparazón, ni me
reptilizo mucho, aunque a lo mejor me anfibianizo un poco. A ver
si me hallo.
El 2 de agosto de 1914, casi
anteayer (anteayer: un plazo variable de noches y días, siempre
inferior a ochenta años, que es lo que ha llovido desde el 3 de
julio de diez después, cuando murió Kafka), Franz consigna en su
diario, que es como el de mi vecina, sólo que algo menos melifluo,
que «Alemania ha declarado la guerra a Rusia». Y dice a renglón
literalmente seguido: «Por la tarde, me fui a nadar».
Desde que Enrique Vila-Matas
sacara chispas a esa cita textual no como pórtico, sino como primer
epígrafe de su Hijos sin hijos (1993), la distopía kafkiana
forma parte del acervo culto con que cabe delimitar esa frontera
entre lo público y lo privado, que incluso ante las grandes catástrofes
dice clarinete que los grandes acontecimientos de la historia no
serán tales hasta después, y no surten efecto alguno en la vida
del individuo. Antes de nadar, el individuo se tienta la ropa. Si
esa entrada de ese diario pudiera traducirse por «a mí plin», yo
descansaría más tranquilo, cubierto el lomo por el cieno de la orilla.
Pero no es hora de interpretaciones.
Es hora en cambio de reseñar que del anfibio escurridizo Kafka tenemos,
desde hace ya unos años, edición canónica donde las haya en lengua
española: la que se ha ido publicando en varios volúmenes, en Galaxia
Gutenberg, bajo la capitanía de Ignacio Echeverría y con el concurso
abnegado de prologuistas, correctores y traductores cuyos nombres
ya son una garantía de calidad irreprochable. Los Diarios,
con la Carta al padre (que es una obra de ficción, no una
carta de un hijo sin hijos a su padre sin padres), forman en concreto
el volumen II de los cuatro que tendrá la obra completa; las traducciones
las firman, por ejemplo, Andrés Sánchez Pascual y Joan Parra Contreras.
Es de 2000.
El 2 de agosto de 1914, p.
418, Kafka dice, según esta edición, llamada a ser la de referencia
inexcusable,
«Alemania ha declarado
la guerra a Rusia. Por la tarde, Escuela de Natación».
Acude uno a las notas que
acompañan y refuerzan esta edición magnífica en busca de aclaración
sobre el desajuste que se da entre la versión canónica y la nota
cansada de aquel 2 de agosto, conocida ya de sobra; seguro que el
calor en Praga era de padre, señor y escarabajo mío. Existe apunte
(p. 924): apoyándose en dos pasajes posteriores, del día 6, esclarece
que si bien parece Kafka incurrir en frivolidad desmedida al recoger
tan magno suceso, «Kafka valoró en muchos otros contextos la tragedia
histórica que significaba la contienda europea».
Para bien, para mal, a mí
no me ha quedado nada claro si Kafka, tuberculoso perdido, a diez
años de su muerte por encharcamiento pulmonar irrestañable, sabía
nadar o no. Y podrá parecer baladí, pero me importa.
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