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Sobre El trujamán

El trujamán
Miércoles, 23 de junio de 2004


Clases de natación en Praga (I)

Miguel Martínez-Lage

A Nuria Barrios,
por sus Amores patológicos,
disección de los ánades
cuando nadan y cuando no (nadan nada)

O estoy envejeciendo a pasos tan agigantados que me atortugo sin darme cuenta, más conchas que un galápago me salen en los párpados cuando me miro y no me encuentro en el espejo, o es que vivo a caballo de dos mundos sin que ninguna alforja sea mía. Hasta hartarnos hemos dicho y hasta la saciedad repetiremos que cada generación necesita volver a traducir a sus clásicos. En realidad, lo dijo una vez Juan del Solar, y tan bien lo dijo, alto y claro, que no soy el único que lo suscribe y no se desdice. No obstante, esa vuelta a los orígenes para destilar otra vez en el alambique nuevo el plasma de lo que tan antiguamente nos importa, y hoy nos importa, y mucho, a veces me crea contradicciones tales que ni me veo en el espejo, ni me sale el caparazón, ni me reptilizo mucho, aunque a lo mejor me anfibianizo un poco. A ver si me hallo.

El 2 de agosto de 1914, casi anteayer (anteayer: un plazo variable de noches y días, siempre inferior a ochenta años, que es lo que ha llovido desde el 3 de julio de diez después, cuando murió Kafka), Franz consigna en su diario, que es como el de mi vecina, sólo que algo menos melifluo, que «Alemania ha declarado la guerra a Rusia». Y dice a renglón literalmente seguido: «Por la tarde, me fui a nadar».

Desde que Enrique Vila-Matas sacara chispas a esa cita textual no como pórtico, sino como primer epígrafe de su Hijos sin hijos (1993), la distopía kafkiana forma parte del acervo culto con que cabe delimitar esa frontera entre lo público y lo privado, que incluso ante las grandes catástrofes dice clarinete que los grandes acontecimientos de la historia no serán tales hasta después, y no surten efecto alguno en la vida del individuo. Antes de nadar, el individuo se tienta la ropa. Si esa entrada de ese diario pudiera traducirse por «a mí plin», yo descansaría más tranquilo, cubierto el lomo por el cieno de la orilla.

Pero no es hora de interpretaciones. Es hora en cambio de reseñar que del anfibio escurridizo Kafka tenemos, desde hace ya unos años, edición canónica donde las haya en lengua española: la que se ha ido publicando en varios volúmenes, en Galaxia Gutenberg, bajo la capitanía de Ignacio Echeverría y con el concurso abnegado de prologuistas, correctores y traductores cuyos nombres ya son una garantía de calidad irreprochable. Los Diarios, con la Carta al padre (que es una obra de ficción, no una carta de un hijo sin hijos a su padre sin padres), forman en concreto el volumen II de los cuatro que tendrá la obra completa; las traducciones las firman, por ejemplo, Andrés Sánchez Pascual y Joan Parra Contreras. Es de 2000.

El 2 de agosto de 1914, p. 418, Kafka dice, según esta edición, llamada a ser la de referencia inexcusable,

«Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde, Escuela de Natación».

Acude uno a las notas que acompañan y refuerzan esta edición magnífica en busca de aclaración sobre el desajuste que se da entre la versión canónica y la nota cansada de aquel 2 de agosto, conocida ya de sobra; seguro que el calor en Praga era de padre, señor y escarabajo mío. Existe apunte (p. 924): apoyándose en dos pasajes posteriores, del día 6, esclarece que si bien parece Kafka incurrir en frivolidad desmedida al recoger tan magno suceso, «Kafka valoró en muchos otros contextos la tragedia histórica que significaba la contienda europea».

Para bien, para mal, a mí no me ha quedado nada claro si Kafka, tuberculoso perdido, a diez años de su muerte por encharcamiento pulmonar irrestañable, sabía nadar o no. Y podrá parecer baladí, pero me importa.

 


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