Enseñanza
Por Elena M. Cano e Íñigo Sánchez Paños
En clase de traducción, se entiende…
Andamos casi desmontando el tenderete, nos pesa el sombrajo del aula. Pero no queremos echarnos al maquis sin algunas reflexiones sobre cosas que —como absolutamente todos los profesores— hemos dicho y redicho durante años, no siempre con los resultados apetecidos.
Hace tiempo, aún podía uno recurrir —sumisión resignada— al chiste o a la anécdota que cuadraba en tal momento, a intentar desbrozar tal maraña con tal ejemplo ya resobado. Ahora, eso a lo que llaman redes sociales pone la inercia cómoda y la monotonía contra las cuerdas, y no queda más remedio que renovarse… o arriesgarse a la pena de «chacota brava».
Sea como sea, en algún momento hay que hacer comprender a los estudiantes que ser buen traductor y no leer es llanamente un imposible. Y que la lectura regular va enclavando despacio un indispensable en el ejercicio de la traducción: la sensibilidad ante el hecho lingüístico o comunicativo. No parece muy difícil de entender. Sin embargo, corren los meses cada curso y sigue el profesor asombrándose ante los mismos patinazos que un rato de (buena) lectura habría ayudado a evitar: que si posesivos que chirrían, que si adverbios donde no deben, que si frases en cabestrillo, que si tiempos verbales que no engoznan… Lo cierto, no obstante, es que leen; acaso sea que no hemos sido capaces de explicarles cómo hay que hacerlo. Subyace asimismo una realidad paralela que los estudiantes suelen percibir con bastante crudeza: las deficiencias en la lengua segunda o adquirida, la lengua de la que traducen. Y se lanzan en cuerpo y alma a seguir los consejos interesados de otros profesores: leer originales en esa lengua. Atinadísimo, claro está. Pero ese ejercicio retrasa la percepción de otra certeza casi inamovible: entender con seguridad y sin fisuras el texto que va a traducirse, aun siendo indispensable y previo, no es el auténtico problema. El problema empieza de verdad cuando hay que decir todo y solo lo mismo en la lengua de llegada… que es la que reclama sensibilidad y finura. Y volvemos a la casilla de salida: que leer y bien traducir van de la mano. Puesto en tiempo académico, es fácil que el asunto lleve un curso.
Interesándose el profesor un poco más (qué estás leyendo, quién lo ha escrito, qué te parece…), viene a sumarse un asombro: raros son los que reparan motu proprio en el nombre del autor de la traducción, cuando de traducción se trata.
A pesar de esa falta no ya de idea de gremio sino de simple arca común en la que quieren enrolarse, también se siente la necesidad de animarlos, de decirles que esto de traducir empezó hace miles de años y aún tiene futuro, aún hay sitio para todos, incluso para más. Que se metan con ganas y sin complejos, y se aprendan la respuesta de Xosé Castro: ¿Mi profesión? Nada más y nada menos que traductor.
Otro recurrente sistemático que cuesta que acepten los estudiantes: que ningún profesor —y el de traducción menos aún— tiene la varita mágica que transforma en solución todo problema, en camino fácil lo escabroso. En el fondo, el profesor —con toda su experiencia y cualificación— casi no pasa de ser uno más en la clase. ¡Cómo desmitificar la idea del sacrosanto conocimiento del maestro y, al propio tiempo, conservar un breve halo de prestigio que le permita seguir siendo un referente, por inseguro que sea! Ser modelo de humildad en clase es bueno. Lo decía Jesús Cantera: Yo no lo sé todo, también me equivoco. Y cuando parece que ya está aceptado, una reflexión colectiva, un debate encendido sobre un problema traductor, descubre que no estaba la rasqueta bien pasada y vuelve de nuevo la pregunta clave: Entonces, ¿cómo queda? o ¿qué ponemos?
El profesor salta como un gamo sobre la ocasión pintiparada para otro par de aforismos: traducir es decidir, el traductor es el único y final responsable de su traducción, la traducción es suya…
Empiezan a cerrarse los portátiles. Mañana seguimos.