Traductología
Por Mariano Antolín Rato
Un amigo mío, muy amigo, que las está pasando canutas —¡aguanta el tipo, Julio, tú siempre has sido valiente!—, me mandó no hace mucho un e-mail donde me consultaba cómo se traducía al inglés la expresión española «vergüenza ajena». Había visto que el inglés recurre ocasionalmente a la palabra alemana schadenfeude para decir que se experimenta felicidad cuando otro sufre. No es lo mismo, claro, pero él se preguntaba si ciertos sentimientos en apariencia característicos de un determinado país carecían de equivalencia en otras naciones de ámbitos idiomáticos diferentes. Las traducciones de «vergüenza ajena» que había encontrado en los diccionarios que consultó le resultaban insatisfactorias. Quizá la que más se acercaba era: embarrasment for him/her/them; aunque perdía un matiz importante: la incomodidad, incluso malestar que uno siente ante lo que hace o dice otro con el que, con frecuencia, se mantiene una relación bastante próxima, sea afectiva o por otro motivo.
Mi amigo, Julio Gavito, en absoluto se dedica profesionalmente a nada relacionado con el mundo de las letras: es ingeniero con ocasionales incursiones, a veces nada deseadas, en la política. Aunque, se verá, no puede estar más alejado de actitudes como las un alcalde acusado de cohecho y prevaricación que se defendió en un juicio, ¡ahí me las den todas!, afirmando: «Somos políticos y podemos ser analfabetos» —conservo el recorte del periódico—. Gran aficionado a la música y lector empedernido, lleva desde que terminó la carrera trabajando en países de habla inglesa o en los que se utiliza el inglés como operative language —así lo llama él, y su infrecuente traducción por «idioma operativo» me suena a barbarismo—. Es explicable, pues, que durante esos casi cuarenta, aún sin descuidar sus autores preferidos en español, sus lecturas hayan sido casi todas en inglés.
Una vez que estaba leyendo uno de los constantes novelones que publica Joyce Carol Oates, olvidó el ejemplar en Houston, Texas. Intrigado por la continuación, al llegar a Madrid adquirió su traducción española. Y como no encontraba bien conseguido el fraseo del original, me propuso que dijera a las editoriales con las que yo tenía relaciones que en las cartulinas que se incluyen en algunos libros preguntando dónde se había comprado y si uno quería estar al tanto de sus novedades —era en tiempos anteriores a internet—, incluyeran un apartado para que el lector pudiese opinar de la calidad de la traducción. Mis sugerencias, consideradas oportunas en ciertas editoriales, nunca se hicieron efectivas. Y bastantes editores y traductores respiraron con alivio.
A lo que iba. «Vergüenza ajena», tras múltiples consultas, comprobé que algunos lo traducían por spanish shame o «vergüenza española». Es decir una sensación tan typical spanish, como «vergüenza torera» o «echar un capote» —y que me perdonen los antitaurinos—. Hay, pues, algunas reacciones que se diría son propias del carácter de una nación, región y hasta parroquia, y que según exaltados provincianos que conviene evitar, poseen una honda raigambre y genuino sabor local. ¡Uf!
De lo anterior espero que no se deduzca que estoy desenterrando el historicismo alemán y su Volksgeist, o «espíritu del pueblo». Esto es que los habitantes de cada nación tienen una forma de ser característica que explica el devenir de un país, su progreso, estancamiento o decadencia. De lo que se llegó a la llamada «psicología de los pueblos», y a que en España la decadencia constituye una de sus características básicas, según afirmaron viajeros extranjeros, sobre todo británicos, que visitaron la Península en los siglos xvii y xviii. Una idea que pervivió en varios miembros de la generación del 98, y frente a la que, antes del actual batacazo, hubo una oposición frontal por parte de numerosos nacidos después de la Guerra Civil de 1936, que se acentuó cuando el general ganador fue enterrado bajo una losa de su monumental sepulcro en Cuelgamuros.
Y sin embargo todo el que haya salido un poco de este país, comprueba que arrastra, quiéralo o no, algo que le distingue al descubrir, en palabras de una cantaora de flamenco: «En mis viajes, sobre todo a Japón, lo más importante que he aprendido es que el mundo es muy multicultural». Y ¡olé!
En serio. Para comprobarlo no hay que remitirse a dichos populares, que ya se sabe cómo son. En especial al que dice que de la humillación muchas veces nace el coraje, y que normalmente me lleva a pensar en la segunda de las acepciones que da el DRAE de ese término: «1. m. Impetuosa decisión y esfuerzo del ánimo, valor. 2. Irritación, ira». Porque, según acabo de leer en un gran escritor rocosamente rítmico y español, demasiado español, Sánchez Ferlosio: «La desazón española no ha conocido nunca la esperanza, en su lugar pone una aceptación eternamente rencorosa». Lo que lleva de vuelta a «vergüenza ajena», y más que nada a esa posible traducción de «vergüenza española».