Películas
Por Carlos Fortea
Se ha estudiado ya mucho cuanto se relaciona con la traducción del doblaje, llevada a cabo en sus inicios, más que presumiblemente, en condiciones menos que aceptables por colegas en su mayoría ignotos, harto meritorios por su doble condición de pioneros en un medio naciente y luchadores en un medio hostil, como era sin duda el de la censura cinematográfica.
Lo que tal vez no sea evidente, aunque sí sea más que conocido, es la indeleble influencia que aquellos colegas han logrado ejercer sobre todas las generaciones que les han seguido, incluso hasta ahora.
Y no precisamente en las películas. Uno de los ámbitos de la lengua escrita que sería más interesante rastrear es el de los modelos de expresión del sentimiento en nuestra lengua peninsular. El simple contraste que puede hacer cualquier individuo entre el español de la península y los muchos españoles de América arroja como resultado interesante la penalización de las palabras que expresan sentimientos… ¿cómo decirlo? ¿Relacionados con la belleza? ¿Con el pudor? ¿Me atreveré a decir con la dulzura?
Me explico: un latinoamericano puede poner por escrito sin especiales dificultades que algo es «hermoso», «bello», «lindo», «precioso», simplemente «bonito» o mil cosas más… anatemas para un peninsular. Nuestro viril lenguaje no soporta poner por escrito «un hombre hermoso» (aquí nadie pasa de guapo) o «un lindo bebé» salvo que sea Piolín el que lo diga (porque lo doblaron allende los mares).
Lo mismo pasa con las palabras malsonantes, de las que el español oral tiene un récord mundial (por viril, otra vez), pero ante las que el escrito guarda un pudor pacato. Todavía es perfectamente posible leer (y escribir, no me excluyo del caso) «qué demonios es esto» para lo que nuestro español oral expresa con «qué hostias» o «qué coño», o leer «eres un cerdo» para no escribir «eres un cabrón».
No olvidemos que me estoy refiriendo a las traducciones. Ya sabemos que el creador español contemporáneo ha superado —por término medio—muchas inhibiciones, pero los traductores seguimos teniendo esa doble barrera de lo subliminal por una parte y la recepción de los lectores, mucho menos tolerante con una traducción, por otra. Enseguida, lo que no es más que una blasfemia se califica de «casticismo» y se condena en una traducción.
Y entonces recurrimos al lenguaje del cine, al del doblaje. El doblaje creado en una época de represión, como escapatoria del lenguaje real. Desde luego ya no decimos «bastardo», pero ¿cuántas veces escribimos tranquilamente «hijo de puta»? Demasiado local, por favor (y no digamos incorrecto). Mejor traducir literalmente por «hijo de perra»… que no dice nadie, y por tanto no es tan fuerte.
Doblajes… y desdoblamientos. O muy fuertes o muy flojos. Nuestra herencia es la de un lenguaje oral cuartelero y un lenguaje escrito de inclinación monjil. ¿De dónde vendrá esto?