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Miércoles, 18 de julio de 2012

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Historia

Traduciendo desde el exilio (11): Eduardo de Guzmán

Por Josefina Cornejo

Salvó la vida a duras penas. El 28 de marzo de 1939, ante la inminente entrada de las tropas nacionales en la capital, Eduardo de Guzmán (Palencia, 1908 – Madrid, 1991) partió desde Madrid hacia Alicante, huyendo de la represión franquista. Hasta ese día había dirigido el diario anarquista Castilla Libre, el último periódico madrileño que aún se editaba. En Alicante, junto a otros republicanos, esperó los barcos franceses que les alejarían de España. Estos nunca llegaron. El 1 de abril se quebró el sueño de huir de España. Cayó prisionero de las tropas fascistas italianas. Fue entregado al ejército franquista; internado en los campos de concentración de Campo de los Almendros y Albatera; acusado de «delitos de prensa»; juzgado y condenado a muerte en un proceso en el que también figuró el poeta Miguel Hernández; huésped de las cárceles de Yeserías y Santa Rita; indultado en 1941; liberado en 1948. Mas a Guzmán, dueño de una respetada trayectoria periodística, que había mostrado su buen hacer en los periódicos más significativos de la Segunda República (La Libertad, Frente Libertario, La Tierra, El Diario del Pueblo), eso sí, siempre dentro de la corriente anarquista, y en cuyas páginas adquirió popularidad y relevancia por sus crónicas y reportajes sobre los sucesos más conflictivos que sacudían el país en los convulsos años treinta, se le inhabilitó a perpetuidad para el ejercicio del periodismo.

Siguió un prolongado periodo de ostracismo y carestía. Apartado de la vida pública, empero, Guzmán continuó escribiendo, de forma profusa, además. Refugiado tras diversos seudónimos —Edward Goodman, Anthony Lancaster, Charles G. Brown, Richard Jackson y Eddy Thorny— su pluma contribuyó al éxito en la década de 1940 del libro de bolsillo en España, la novela de quiosco, el referente cultural de un pueblo que sobrevivía en una terrible posguerra. Durante veinte años se dedicó a producir literatura popular, en especial, historias policiacas, de aventuras y del oeste —¡unas treinta al año!— para las editoriales Rollán y Bruguera. En este tiempo, de nuevo fue objeto de las iras represivas del gobierno y, en 1951, pasó un año interno en la cárcel de Oviedo acusado de espionaje. Firmó asimismo guiones de cine, cuentos, crónicas taurinas, biografías (como las de George Washington y Abraham Lincoln) y reportajes. Al igual que otros muchos intelectuales hostigados y marginados por el régimen, cesados asimismo en cualquier periódico, revista o editorial, recurrió a la traducción como forma de sustento. Se inició como traductor en 1944. Vertió al español títulos de, entre otros, Virginia Woolf (Noche y día), J. B. Priestley (Día radiante), A. J. Cronin (El castillo del odio), Charles Morgan (La historia del juez), William Saroyan (Las aventuras de Wesley Jackson), Edgar Wallace (El doble) y el Diario de Joseph Goebbles.

A finales de los sesenta, comenzó a colaborar con la agencia de noticias mexicana Amex y, rehabilitado tras la muerte del dictador, con diversas publicaciones (Índice, Triunfo, Tiempo de Historia, El Ruedo, El País, Cambio 16). Durante su época de exclusión social y exilio interior, fue labrando, pacientemente, una obra sobre sus recuerdos, cuyo grueso más importante, la trilogía (La muerte de la esperanza, El año de la victoria y Nosotros los asesinos) sobre el inicio y final de la guerra civil, los campos de concentración y su experiencia carcelaria en la posguerra, solo pudo ver la luz con el fin de la dictadura franquista.

Con El año de la victoria Guzmán obtuvo el Premio Internacional de Periodismo en 1975, y con él, el reconocimiento mundial. Sin embargo, en España su obra cayó en el olvido. En los últimos años se están llevando a cabo pequeños y tímidos actos para rescatar la memoria de este superviviente, personaje clave de la Transición y comprometido siempre con los ideales libertarios, un obrero de la literatura, que firmaba «novelas de supervivencia».

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