Traductología
Por Jorge Bergua
Como historiador y traductor de autores antiguos (griegos y latinos), siempre me ha maravillado que se puedan traducir textos literarios que, como los trilobites, han pasado milenios hibernando bajo la dura tierra o la blanda arena. Me refiero, claro está, a los textos mesopotámicos, hititas y egipcios recuperados por la arqueología en los últimos dos siglos, y de los que, por suerte, contamos con una representación ya considerable en español, gracias sobre todo al empeño de editoriales como Trotta, Akal, etc.
Los clásicos, ya sean grecolatinos, medievales o modernos, antes que grandes obras de grandes genios (los Great Books, según la algo repelente jerga académico-monumentalista), son ante todo depósitos de sentido, acumulado a lo largo de siglos, de lecturas, de traducciones, de deturpaciones, manipulaciones, interpretaciones y perversiones varias. Estas capas de sentido se superponen y filtran una sobre otra, hasta el punto de conformar una mezcla inextricable, como en el tiramisú (por más que la filología, impertérrita y cabezona, sueñe todavía con recuperar el sentido «original», despojado de adherencias posteriores). Pero, ¿qué ocurre cuando los arqueólogos recuperan del suelo del desierto un papiro o una tablilla literaria, que sale a la luz después de tres o cuatro mil años durmiendo el sueño de los justos? Durante esa larga fase de latencia, las virtualidades literarias, las capacidades expresivas y emotivas, en definitiva, el sentido posible de ese texto, ¿ha quedado simplemente congelado, pero conservando todas sus propiedades, como (según nos dicen los nutricionistas) la merluza o el solomillo? ¿O más bien ha ido perdiendo de forma irremisible parte de su riqueza significante, erosionada lentamente por la falta de contacto con labios y manos humanos, como ocurre con el cerebro de los niños abandonados, faltos de estímulo? Hay una tercera opción: que el paso del tiempo, como ocurre con el vino, haya ido decantando, afinando y mejorando el texto, libre así de perversiones y errores, y ahora salga a la luz con nuevas posibilidades respecto a las que tenía en su origen. No sé cuál es la respuesta.
En todo caso, mi impresión subjetiva al leer estos textos es que, a pesar del enorme mérito que tienen estos traductores, bregando con lenguas difíciles, con textos mal conservados, con el desinterés general del público, aquí se choca con un imposible: cómo traducir ese vacío, ese largo hiato de siglos. Quizá por ello estas obras mesopotámicas y egipcias sigan teniendo una especie de velo polvoriento alrededor, que las hace tan fascinantes como lejanas. No quiero llegar a pensar que se trate de una empresa inútil, a pesar de los severos avisos que nos dio en su día el redactor de la Epopeya de Gilgamesh, cuando, adelantándose al Eclesiastés, nos decía del hombre que «todo lo que haya hecho es puro viento» (traducción de J. Sanmartín, Trotta, 2005, p. 130).