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Lunes, 2 de julio de 2012

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Traductología

Retórica y traducción literaria

Por Ramon Lladó

Friedrich Nietzsche, en la tercera de sus Consideraciones intempestivas (1874) afirma que toda operación de escritura responde a un gesto de expresión que es exactamente el que definimos como figura retórica. Siguiendo la estela nietzschiana, la figura principal sería la analogía, más concretamente la metáfora y la metonimia. De hecho, la metonimia (que originariamente quiere decir movimiento y que debe entenderse como desplazamiento del sentido) adquiere una extensión y una productividad superiores a las de la metáfora. Huelga decir que la retórica no debe considerarse un mero ornatus, es decir un sistema de adornos del contenido, sino una forma de expresividad connatural a la literatura.

Al ser en nuestros días un componente marginal en la formación básica de las Humanidades o las Letras, la retórica no dispone del lugar que merece en la enseñanza de la traducción y ocupa un lugar muy secundario en la investigación sobre traducción.

Por desgracia, en teoría de la traducción se ha preferido recurrir a otras nociones para designar las decisiones que toma el traductor, como «estrategia» o «técnica», pero estos términos no nos dicen nada por sí mismos. Chevalier y Delport (L’Horlogerie de Saint-Jérôme, 1985) han definido la figura de traducción en negativo: el tropo surgiría, según estos autores, ahí donde hubiera podido no estar o, dicho de otro modo, ahí donde «la construcción literal es perfectamente posible en términos de fidelidad».

En general, el término preferido para referirse a una dimensión más o menos equivalente es el de «procedimiento», en general menos conflictivo. Pero no se trata de una mera discusión terminológica sino de una cuestión de fondo. En realidad, lo relevante de la retórica dista de ser su componente teórico, ni tan siquiera disciplinar, sino su dimensión textual. La contribución de la retórica a la formación de los traductores literarios ofrece excelentes frutos, no sólo para entender cuanto para potenciar el mecanismo de la traducción en su faceta expresiva. Veamos algún ejemplo:

En el poema de Baudelaire: «Correpondances» (Les fleurs du mal, 1857) en el noveno alejandrino encontramos:

Il est des parfums frais / comme des chairs d’enfants.

Xavier Benguerel en su traducción catalana (tan elogiada) de 1985 construye el siguiente verso:

Alguns perfums són tendres / com la carn dels infants (Algunos perfumes son tiernos / como la carne de los niños).

Si Benguerel hubiera traducido, tal vez siguiendo un impulso inicial, frais por «frescos» se habría limitado a restituir tan sólo una parte del sentido, la que corresponde a su valor idiomático: «fresc com una rosa» (fresco como una rosa). Hubiera producido lo que llamamos un calco. Sin embargo en el contexto al que se refiere Baudelaire el adjetivo frais adquiere un campo de connotaciones más amplio. El traductor prefiere, acertadamente, «tendres» (tiernos) aplicado a los perfumes de que habla el poema. «Tendre» (tierno) funciona como metonimia de «fresc» (fresco) o, si se quiere, como sinónimo, pero se trata de un sinónimo obtenido por metonimia porque no traslada directamente la idea sino que la engloba.

En el ejemplo citado, la transformación que debe realizar el traductor para obtener un verso que equivale rítmicamente al original es de índole exclusivamente retórica. O sea, que el traductor no sólo traslada significados lingüísticos de una lengua a otra sino que opera sobre todo con figuras.

En la práctica traductora, la utilización de figuras con metáforas, metonimias, sinécdoques, etc., no responde únicamente a la necesidad de producir en la lengua de llegada, con mayor o menor precisión, una forma equivalente que sirva de espejo al despliegue figurativo del original. El componente retórico no debe, pues, considerarse bajo criterios de «geometría variable» en función del carácter de los textos. Por el contrario, la potencia de toda traducción, su verdad o según el término de Octavio Paz, su literariedad remite, en no poca medida, a un gran gesto de asociación, a una operación análoga a la que efectuamos al construir una figura o un tropo. Lo que los clásicos llamaron el ars bene dicendi.

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