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Jueves, 21 de julio de 2011

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Autores a. s. xx

Los nombres de personajes: Gargantúa y Pantagruel

Por Elena M. Cano e Íñigo Sánchez Paños

Los nombres de los personajes pueden ser un quebradero de cabeza para el traductor. No pretendemos solucionar nada definitivamente —entre otras cosas, porque escaso es lo definitivo en traducción—; vamos a limitarnos de momento a comentar algunos nombres de personajes de ficción que aparecen en La divertida y alegre historia del gran gigante Gargantúa, título que el propio François Rabelais le da a la última edición de su obra en vida.

Recordamos el árbol genealógico más próximo, con sus nombres según el texto original francés de la primera mitad del siglo xvi: Grandgousier y Gargamelle son los padres de Gargantúa, cuyo hijo se llama Pantagruel.

Gargantua es lo primero que los presentes le oyen decir a Grandgousier al ver a su hijo recién nacido. En realidad, lo que dice —con la boca llena— es Que grand tu as! («Qué grande tienes»), y añade Rabelais entre paréntesis (supple la gorge) («entiéndase la garganta»). Los asistentes dicen entonces que «verdaderamente debía llevar por nombre Gargantúa, puesto que tal había sido la primera palabra del padre a su nacimiento, a imitación y ejemplo de los antiguos hebreos». Es alusión a Zacarías, que recuperó el habla para dar nombre a su hijo, según leemos en Lucas, I, 60. Como todos los nombres de la familia, hace referencia a lo mucho que come.

El nombre de Gargantua no es original de Rabelais; lo toma de una publicación anterior: unas anónimas Grandes Cronicques du grant et énorme géant Gargantua que, a su vez, no hacían más que propagar el remoquete de un visitador del obispo de Limoges (conocido al menos desde 1471 y, al parecer, buen comedor). Dado el carácter latino-meridional del término y el momento en que se produce, creemos que en español debería estar acentuada tónicamente la palabra en la sílaba ‘gan’. La tradición la ha llevado por otros derroteros y el nombre se viene diciendo Gargantúa. Irremisible ya. No se olvide además que la pronunciación de la ‘r’ no es en el siglo xvi la gutural que hoy conocemos en francés, sino la apical, como la española. Con la acentuación donde sugerimos, la aproximación a «garganta» es mucho más clara… para el lector español, curiosamente. No para el francés de hoy.

Pantagruel era un pequeño diablo de frecuente aparición en misterios y autos sacramentales franceses, que se dedicaba a echar sal en la boca de los bebedores para provocarles más sed. El capítulo II entero de Pantagruel justifica su nombre, y lo explica Rabelais diciendo que el mismo día de su nacimiento, después de un tiempo de sequía y de rogativas, apareció un rocío que todos quisieron ir a beber a cuencos llenos, pero se encontraron con que era salmuera «peor y más salada que el agua del mar»; por eso Gargantúa le pone por nombre Pantagruel, pues panta en griego vale lo mismo que decir «todo», y gruel en lengua agarena vale tanto como «sediento», queriendo inferir que en la hora de su nacimiento la gente estaba totalmente sedienta.

Vemos, pues, que los nombres de estos dos personajes tienen desde su origen y por intención clara del propio autor un significado que el lector debe captar. Al traductor no se le plantea en este caso problema alguno: ambos están explicados en el texto y, por si poco fuera, son tan conocidos que no admiten retoque. Y vemos también que el valor del nombre de los personajes es recurso del que echan mano desde antiguo los autores. Por lo tanto, el traductor habrá de estar ojo avizor para que a sus lectores —en la medida de lo posible— no se les escapen matices interesantes.

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