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Lunes, 18 de julio de 2011

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Historia

Traduciendo desde el exilio (4): José María Blanco White

Por Josefina Cornejo

En el panorama literario español, José María Blanco White (Sevilla, 1775 – Liverpool, 1841) ha representado hasta hace bien poco un sonoro vacío. Sus convicciones religiosas —del catolicismo al anglicanismo y, finalmente, al unitarismo— y políticas le convirtieron en una figura controvertida. Fue un ilustrado durante la fiebre antiilustrada desatada en España a partir de la Revolución francesa y un reformador en una cultura que no toleraba las expresiones del cristianismo reformado que florecieron en Europa desde el siglo xvi. Su lucha contra el poder establecido, su aliento a la revuelta popular contra el ejército napoleónico y su reprobación de los abusos de la Iglesia le condujeron al exilio en 1810. Su defensa de la autonomía de las colonias de ultramar le granjeó, además, la acusación de traidor. Sobre su obra cayó una losa de silencio y olvido oficial.

Fue uno de los protagonistas del exilio intelectual en Londres. Plasmó en inglés sus inquietudes políticas y su preocupación por el, a su juicio, mal estado de las letras españolas en The Quaterly Review, New Monthly Magazine y The London Review. Cosechó un gran éxito con Letters from Spain (1821-1822), donde criticaba la intolerancia y el atraso de su patria. Desde El Español, periódico prohibido en España, luchó contra el colonialismo en el continente americano y mostró su disconformidad con los intentos de las autoridades españolas por atajar los conatos de rebelión en las colonias. Dedicó varios estudios al teatro isabelino inglés que se editaron en Variedades o El Mensajero de Londres, publicación de la que fue director y en la que colaboró Leandro Fernández de Moratín. También abarcó el género novelístico: escribió Intrigas venecianas o Fray Gregorio de Jerusalén: ensayo de una novela española y dejó inconclusa Luisa de Bustamante o la huérfana española en Inglaterra.

En Londres asimismo se consolidó su faceta traductológica. Si para otros exiliados la actividad traductora era un mero medio de vida, para Blanco White constituía una forma de difusión. Divulgó la cultura ibérica con sus traducciones de obras clásicas españolas a la lengua inglesa, entre ellas, Crónica de Don Álvaro de Luna y varios cuentos de El Conde Lucanor, y con sus adaptaciones al español introdujo en España a escritores de las islas. A él se debe la llegada de Walter Scott. En 1823 incluye unos fragmentos de Ivanhoe en Variedades y en su autobiografía, The Life of Rev. Joseph Blanco-White, written by himself with portions of his correspondence (1845). Tradujo a Wordsworth, Pope y Sheridan. Firmó Evidencias del Cristianismo, del filósofo y teólogo británico William Paley. Revisó la versión Reina Valera de la Biblia de 1569, la primera traducción directa de los textos originales en hebreo, arameo y griego. Mostró un interés especial por Shakespeare. En Variedades imprimió pasajes de dramas shakesperianos precedidos de una introducción crítica. En el primer número aparecieron fragmentos de Hamlet —el monólogo «Ser o no ser» uno de ellos— y de Ricardo II.

Fue un traductor prolífico, mas su labor apenas ahora se destaca en los anales de la traducción. Reflexionó en torno a la imposibilidad del arte de traducir; aseguraba que el dominio del idioma extranjero nunca llega a igualar al materno y «muchísimas de sus bellezas no pueden traducirse en lengua alguna». Los críticos se han sorprendido ante la desproporción existente entre su valor y su escasa resonancia. Juan Goytisolo fue el primero en reunir su producción inglesa (Obra inglesa de Blanco White [1972]), cuya traducción también firmó. Comenzaba a despertar un interés creciente por situar al expatriado en un merecido lugar en la historia de la literatura española que, según Goytisolo, «está por hacer».

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