Centro Virtual Cervantes
El Trujamán > Lenguas
Miércoles, 13 de julio de 2011

El Trujamán. Revista diaria de traducción

Buscar en El Trujamán

Lenguas

Traductores silvestres (2)

Por Ramón Buenaventura

De todas maneras, reconozco que el ansia de neutralidad es razonable, porque los localismos pueden entorpecer la lectura, introduciendo en la comunicación de la obra con su receptor determinadas distorsiones o interferencias que no están en el original. Leer «El viejo de la galerita, sentado bajo el galpón, miraba jugar las lauchas entre los tachos» —como dice en alguna parte el Ulises de Joyce en la estupenda traducción de José Salas Subirat (Santiago Rueda Editor, 1945)— me aleja del texto, aunque lo entienda perfectamente (convendrá explicar: mi abuelo era distribuidor de diversas editoriales y publicaciones argentinas para Tánger, y yo aprendí a leer no solo en los escritos patrios de la época, pura posguerra, sino también en el Billiken, en el Rico Tipo, en obras didácticas de autores argentinos). Pero incluso en el mejor de los supuestos, ante una frase como la recién citada, siempre me pararé a pensar, como mínimo: «Caray, esto no lo entiende un lector español por más que se concentre»; y me desconcentro yo. Lo cual no es bueno para mi comunicación con Joyce. (Mejor confieso: la verdad es que jamás he leído el Ulises en español; solo trozos; esto de las lauchas y los tachos me lo señaló un compañero de la facultad, hace medio siglo corrido). Cualquier peculiaridad lingüística me saca del relato o del poema y me proyecta en consideraciones dañinas para la obra; podría afirmarse, pues, que contraría el ideal de lectura.

Pero es que estamos describiendo un problema sin solución, es decir un problema falso, que solo asoma de veras en el ámbito de la traducción. Hace muchísimos años ya que los escritores hamericanos tomaron la decisión de escribir en sus propias variantes del español. La evolución puede observarse en un libro reciente, las Cartas a los Jonquières de Julio Cortázar (Alfaguara, 2010; edición de Aurora Bernárdez y Carles Garriga). En las cartas de los años 50, Cortázar escribe un español de tú y no de vos, casi totalmente desprovisto de localismos. Algo que me sorprendió hasta el extremo de hacerme pensar, con desagrado, que los editores quizá hubieran enmendado el texto para adaptarlo al lector español. Pero a continuación don Julio se argentiniza a toda velocidad, como fruto evidente de una decisión. A principios de los setenta, el triunfo de lo local ya se ha generalizado. Creo que es en La reivindicación del conde don Julián donde Goytisolo introduce unos cuantos «cameos» de escritores hamericanos con muestras de diferencias con el entonces tan detestable español de España (léase de Franco). «Gabbanso», aportaba Cabrera Infante.

A nadie se le ocurre esperar que un escritor mexicano, argentino, colombiano, peruano, español, escriba en español neutro. Parece, en cambio, que las traducciones deben hacerse a ese idioma teórico, para que no haya ofensa y, sobre todo, para que no levante el odioso morro ese imperialismo español (de España, claro) que nos hace (a los españoles, claro) creernos superiores a todos los hamericanos, en todo, porque somos más ricos (básicamente: dominamos el cotarro editorial) y más cultos y más guapos y más etcétera. Aunque, bueno, desatinos aparte, también podrían alegarse motivos sensatos para la práctica del español neutro en las traducciones: no sería muy rentable, en papel, editar versiones distintas para cada país, como hacen —con increíble entusiasmo, pero sin papel— los subtituladores silvestres. Lo malo es que el español neutro no existe.

Ver todos los artículos de «Traductores silvestres»

Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es