Traductología
Por Clara Janés
Aquello a lo que, en verdad, nunca se llega es a contar todos los números. Si nos atuviéramos a esta frase de Adorno: «Hasta el árbol que florece miente en el instante en que se percibe su florecer sin la sombra del espanto» (Minima Moralia) enmudeceríamos por un sentimiento de impotencia ante la incompletitud. Ciertamente la palabra, una vez pronunciada, queda recortada, definida. Toda la cauda que interiormente arrastraba y la unía a la totalidad, lo que, de hecho, eran connotaciones ad infinitum, escapa al pasar a la jaula de los límites morfológicos y semánticos. De ahí que se vuelvan puntuales los valores que aporta al lenguaje.
Walter Benjamin, por su parte, en La metafísica de la juventud, ve certeramente cómo en la tragedia es decisivo el modo de empleo de la palabra, que, para él, se convierte en «lo inmediatamente trágico». Pero esto, ¿de qué forma acontece? Él afirma que la palabra «pura» («soporte de su representación») sufre un cambio, que la obliga a moverse desde su sonido natural «hasta llegar a la música», para comunicar lo trágico. Indudablemente, esto entraña un reto para el traductor. ¿Cómo reconstruir este hecho, es decir, el aspecto musical del verbo?
Hay ocasiones en que la connotación no es auditiva, sino visual, porque la palabra en sí, en su concreción, aporta más datos y esto es aún más difícil de solventar ciñéndose al equivalente en otro idioma. Muchas veces, a este respecto, me he remitido al ejemplo de las formas expresivas del indio ponka, partiendo de la frase de Jean Servier en El hombre y lo invisible: «Un indio ponka, para decir “un hombre ha matado a un conejo” debe decir: “el hombre, uno-en-pie, ha matado, justamente lanzando-una-flecha, al conejo, él, uno-sentado”». Yo me pregunto, ¿se trata de dos formas de expresar lo mismo? ¿Estamos verdaderamente traduciendo, en un caso así? Lo dudo mucho. El traductor tendrá que investirse de humildad y reconocer que, en determinadas lenguas, hay factores no trasladables. Mi preferencia sería traducir la frase al pie de la letra, porque lo expresado me importa, ante todo, como vía de acercamiento a quien lo expresa.
Lo más fascinante de la traducción es, precisamente, que nos ayuda a investigar cómo funciona la mente del ser humano. ¿Por qué la del checo necesita puntualizar si una acción se ha realizado una vez, muchas veces, de modo repetido por costumbre, o varias veces pero ocasionalmente —lo que da textos altamente dinámicos—, mientras alguna lengua extremo oriental es tan austera en el empleo del verbo?
Como co-traductora de Los poemas del Río Wang, de Wang Wei, me he preguntado cuál es la causa del éxito de este poeta y he llegado a la conclusión de que se debe al carácter sosegante propio de la poesía budista y taoísta. ¿Pero no tendrá esto un apoyo en la lengua, es decir, en la mente creadora de dicho idioma, que a su vez dio valor a estas creencias? Octavio Paz, explicando, por cierto, la traducción de un poema de Wang Wei, da su trascripción fonética en el sistema Wade y la traducción literal que le entregaron para que él la elaborara:
K’ung shan pu chien jen – Desierta montaña no ver gente
Tan wen jen yü hasiang – Sólo oír gente hablar sonido
Fan ying ju shen lin – Refleja luz penetrar profundo bosque
Fu chao ch’ing t’ai shang – Otra vez brillar verde musgo sobre
Esto, desde luego, no se puede traducir a pelo. Visto así, tan literalmente, ¡cómo se escapa!, ¡cómo se escapa! No es que oculte la sombra, sino que deja asomar una sonrisa enigmática. ¿Qué es lo que al chino le importa expresar? Acaso la quietud fugaz que contrapone transitoriedad e intemporalidad. Se trata de una elección. No, el árbol no miente. Todo expresar desvela algo y deja algo de la palabra en el camino.