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Jueves, 29 de julio de 2010

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Profesión

La comida y una justificación léxica

Por Rafael Carpintero Ortega

Supongo que a todos los traductores les ocurre lo mismo, pero la comida siempre me plantea unos problemas de elección de léxico bastante serios y un tanto absurdos. En todas partes del mundo hay una serie de platos generales que podemos traducir sin problemas, sopas, estofados, fritos, etc. Pero lo malo que tiene la cocina es que los seres humanos nos hemos aficionado a darle nombre a los platos. Hay quien opina que lo mejor es no traducirlos y dejarlos en la lengua original, pero eso no aclara mucho lo que se come. Además, en muchas ocasiones, platos de exótico nombre decepcionan bastante cuando vemos que se trata de boquerones en vinagre, huevos al plato, estofado de ternera o albóndigas. Una amiga novelista estaba encantada con su traductora italiana (y la traducción española se hizo a partir de la italiana) porque, consciente de que los nombres de la comida despistan a los lectores, la traductora incluyó como epílogo un recetario de los platos que aparecían en la novela en cuestión. Me parece una iniciativa no muy distinta a la de ciertos grandes almacenes que en la promoción de una novela regalaban un libro de cocina turca, algo muy de agradecer, pero que no tiene mucho que ver con la traducción.

Precisamente son las mencionadas albóndigas las que plantearon el problema origen de este escrito. Por lo general uso varios sistemas bastante habituales para traducir el nombre de los platos que pueden ser peliagudos: 1) Usar el nombre español (el dulce al que en Turquía llaman «pechuga de pollo» es el «manjar blanco» en su receta tradicional española). 2) Emplear un término general («Se tomó un café para calentarse», sin entrar en si es con leche, solo o cortado). 3) Recurrir a la descripción o los ingredientes («Sirvió una sopa fría de tomate» en lugar de «gazpacho»). 4) Traducir el nombre si es más o menos evidente («un bocadillo de albóndigas a la parrilla», por ejemplo). Y es ésta última solución la que da más dolores de cabeza. En mi caso se trataba de ekşili köfte, es decir, albóndigas con una salsa ácida de limón y huevo. La traducción más directa, «albóndigas ácidas», no resultaba demasiado apetitosa, así que recordé que naranjas y limones son agrios y opté por «albóndigas agrias». Puede que la solución no fuera mucho mejor, pero me parecía más agradable.

El verdadero motivo que me ha llevado a hablar de la comida no es el de tratar problemas de léxico, sino la toma de decisiones. Se dice que traducir es una continua toma de decisiones. Es cierto, y aunque creo que muchas son intuitivas (las que mejor resultado suelen dar, por otra parte), todas suelen ser justificables. La crítica más habitual que se hace a las traducciones consiste en algo del tipo: «El traductor se ha equivocado porque debería haber dicho esto o lo de más allá». A estos supuestos argumentos no es ajena muchas veces la crítica de tipo académico, pero el hecho de que nuestra decisión haya sido reflexiva nos permite rebatirlos con la misma autoridad. Al fin y al cabo, los limones serán ácidos, pero también son agrios. Y, si no me creen, consulten el DRAE.

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