Películas
Por Ricardo Bada
Por razones profesionales, más de una vez he debido ocuparme, con un estoicismo parejo al de mi paisano andaluz Lucio Anneo Séneca, de las curiosas transformaciones que sufren los títulos de películas cuando pasan de un idioma a otro. He hablado del tema en un trujamán anterior, al que me remito.
Ahora quiero insistir en otra vertiente del tema, y es porque he descubierto, en una de las biblias de los cinéfilos, nada menos que dieciocho páginas de apretada prosa dedicadas a los cambios de título de las películas desde que se planifican hasta que las termina viendo el público, ¡y lo más notable de todo!: si su estreno tiene lugar en los Estados Unidos o en Gran Bretaña, dos países que teóricamente (¡aunque muy teóricamente!) hablan el mismo idioma.
Vayamos al primer caso.
Una película que todos conocemos como Siete novias para siete hermanos en un principio iba a titularse El rapto de las sabinas: «Demasiado sofisticado», pensó su productor, «¡Presupondría que los americanos saben Historia!»… y ese riesgo no lo quiso correr.
Otro cambio: Con el drama de Tennessee Williams Orfeo descendiendo. «¿Quién caramba es Orfeo?», gritó el productor, «ya me están cambiando ese título por El hombre del saco de piel de serpiente». ¿La recuerdan, con la maravillosa, irrepetible pareja Anna Magnani / Marlon Brando?
Indescifrable en cambio es por qué la película Shanghai Express de 1932 pasó a convertirse diecinueve años más tarde en Pekin Express, pero sea.
Luego, la inmortal Ninotschka, al transformarse en musical, mutó en objeto y pasó a ser Medias de seda. Y asimismo puesta en solfa, la no menos inmortal Pygmalion se nos ofreció como My Fair Lady.
Hasta aquí todo más o menos en orden. Pero ahora entramos en el terreno minado de las relaciones recíprocas entre los primos estadounidenses y británicos.
Una película americana titulada Abe Lincoln in Illinois se proyecta en Inglaterra bajo el título El espíritu del pueblo: porque ¿cómo puede esperarse de esos isleños medio robinsones que sepan quién fue Lincoln ni dónde queda Illinois?
Muy puesto en razón, por razones de decencia idiomática, es que el filme que en Hollywood se titulaba The Petty Girl (La muchacha insignificante) se estrene en Londres como La muchacha del año, y eso es porque petty, en el norte de Inglaterra, significa «inodoro», pero no como adjetivo… ¡sino como sustantivo!
Pero ¿por qué la formidable cinta América, América, de Elia Kazan, debió llamarse en Gran Bretaña La sonrisa anatolia? Sencillamente porque los ingleses dizque recelan de cualquier propaganda yanqui, hasta en algo en apariencia tan inocente como el título de un filme.
Volvamos ahora nuestra atención al camino de regreso.
Una película inglesa, Sabotaje, en Estados Unidos mereció el honor de figurar en cartelera como Una mujer sola. ¿Por qué? Porque los expertos en marketing saben que la palabra «mujer» llama mucho la atención en un título.
De otra parte, si en Inglaterra bautizan una película Teherán, sus primos allende el Atlántico no vacilan en rebautizarla como El complot para asesinar a Roosevelt.
Del mismo modo, lo que para los ingleses ingresó en la Historia como La batalla del Río de la Plata, en los Estados Unidos se conocerá como La persecución del Graf Spee.
Lo más políticamente comprometido que he podido registrar es el cambio del título Horizontes perdidos por este otro, Shangri-La, cuando la productora Columbia reaccionó en 1942 ante la respuesta de Roosevelt en una conferencia de prensa donde le preguntaron desde dónde se iba a bombardear Tokio. Sibilinamente, Roosevelt se refirió a esa región mágica donde transcurre Horizontes perdidos, basada en la novela de James Hilton, y contestó: «Desde Shangri-La».
Para que haya además un ejemplo de otras conversiones desde otros idiomas, baste recordar que la adaptación al cine de la novela de Simenon L’homme qui regardait passer les trains, titulada fielmente por sus productores británicos The Man Who Watched Trains Go By, se conoció en los Estados Unidos como The Paris Express.
¿Se estrenaría alguna vez en Estados Unidos o en Inglaterra una película titulada El arte de dirigir un asunto por cualquiera de los moluscos testáceos de la clase de los gasterópodos? Hasta donde yo sé, esa obra maestra del colombiano Sergio Cabrera se tituló lisa y llanamente La estrategia del caracol.