Lenguas
Por Mariano Antolín Rato
Como parece que soy incapaz de ocuparme directamente de la traducción de jergas americanas —de Estados Unidos—, recurriré a un procedimiento que creo que se me da mejor: la digresión. Y así, sin más, hago referencia a lo mal que han sido recibidas por parte de mexicanos, chilenos, argentinos y colombianos —de cuyas reacciones tengo noticia— algunas de las traducciones con abundancia de términos jergales que he hecho. Son, como digo, críticas muy negativas y, en determinados casos, hasta coléricas. Unas desaprobaciones radicales centradas por lo general en que los términos que uso quizá se correspondan con unas jergas de Madrid que a ellos les resultan completamente ajenas.
Esas censuras, por otro lado, también son frecuentes cuando por «allá» se ocupan de los libros, sean con jerga o sin ella, traducidos en España. No hace mucho, por ejemplo, un crítico argentino se enfadaba por la frecuente aparición de «gilipollas», un término peyorativo desconocido en su país. Ante lo que, a bote pronto, se me ocurre responder que durante el odioso franquismo, cuando la industria editorial más al tanto de las novedades literarias estaba radicada sobre todo en Argentina, «acá» hemos leído en las traducciones que los americanos —estadounidenses, ya se sabe—, se llamaban unos a otros «boludos». O que una chica de San Francisco llevaba «pollera», y una familia patricia de Boston tenía «mucamas». Lo cual, no provocaba sentimientos de rechazo, y hasta añadía cierto grado de exotismo, permitiendo intuir que lo narrado pasaba en un lugar distinto al que le había tocado sobrevivir al lector. Es más, algunos de esos términos pasaron a formar parte del lenguaje cotidiano de bastantes lectores, como había ocurrido con los que aparecían en los tebeos —¿cómics, tiras ilustradas, historietas?— de la Pequeña Lulú o Supermán, traducidos en México por la editorial Novaro, que pasaron a ser corrientes, al menos entre mis amigos. Y pienso en «pillos», «villanos» o «aljofaifa».
Al respecto, creo yo, convendría centrarse, no en la búsqueda de un lenguaje neutro común que eliminara los malentendidos y, en consecuencia, hiciese desaparecer los matices, sino en quien detenta el poder —en este caso el referido a la industria editorial—. Algo que me lleva a recordar el conocido diálogo entre Alicia y Humpty Dumpty, en que éste pontifica: «Cuando yo uso una palabra quiere decir lo que yo quiero que diga… ni más ni menos». A lo que Alicia opone que no es posible hacer que las palabras signifiquen cosas diferentes. Una cuestión que Tentetieso —así he visto traducido el nombre del huevo antropomórfico del alucinante relato de Lewis Carroll— zanja con: «La cuestión es saber quién es el que manda… eso es todo.»
Por supuesto aquí no se está defendiendo ninguna dictadura —es lo último que faltaba—, sólo se constata quién tiene la sartén por el mango. También los traductores dentro del ámbito del castellano que se habla en Madrid nos enfrentamos a veces con quienes corrigen y preparan los originales en las editoriales de Barcelona —merecerán unas consideraciones aparte—. Para ellos los «vaqueros» —y me refiero a los pantalones— son «tejanos», y los «puestos callejeros» son «paradas». Y estoy recordando una discusión telefónica que he tenido ayer mismo con la correctora de mesa de una editorial barcelonesa a propósito de las pruebas que me había enviado de una novela que traduje hace un par de meses.
Y es que, dejándonos de asuntos marginales, el poder lingüístico del presente —y no sólo ése, claro—, lo ejerce el inglés, que se ha convertido en la lingua franca del que quiera desenvolverse por el mundo con relativa comodidad.