Traductología
Por Mariano Antolín Rato
Entre las definiciones que da el DRAE de «registro», aparece en su acepción 22 lo siguiente: «m. Ling. Modo de expresarse que se adopta en función de las circunstancias». Dejo de lado sus resonancias orteguianas y cualquier consideración sobre la influencia que las florituras y casticismos del estilo de don José Ortega y Gasset hayan tenido en el español del siglo xx. Sólo pretendo hacer unas cuantas observaciones referidas a lo que se conoce por «niveles del habla» o «registros idiomáticos». Y en concreto, el «lenguaje jergal», que quienes realizan las distinciones entre los grandes grupos o niveles del habla incluyen en el coloquial. Comparte también bastantes características del vulgar, como su escasez de vocabulario, las palabras groseras y las muletillas; entre otras. Con algo específico propio de todas las jergas: su alto grado de expresividad y de creación léxica. Esta última siempre efímera y datable en momentos, situaciones y ambientes muy limitados.
Quise tratar de la traducción al castellano de las expresiones jergales inglesas —en especial las de Estados Unidos— en un trujamán anterior, cuando la falta de espacio obligó a que me interrumpiera bruscamente. Intentaré, pues, apuntar ahora varias cosas sobre el argot del mundo de la droga y ciertas expresiones que los bien hablados llaman malsonantes. Con respecto a lo primero, se me pasa por la cabeza la traducción que hice firmada por Martín Lendínez, allá en 1980, de la novela insignia de la generación beat, En el camino, de Jack Kerouac. Un libro, dicho de paso, del que como le pasa a Gregory Rabassa con su versión al inglés de Cien años de soledad, jamás he cobrado nada en conceptos de derechos, aunque la editorial —Anagrama— no ha dejado de reeditarla año tras año, y debe de andar por la trigésima reimpresión o más. Claro que cuando la vendí aún no existían contratos que permitieran cobrar al traductor derechos —por muy miserables que sean los actualmente en vigor—, y la editorial quedaba en posesión perpetua de la versión.
En el camino se titula en el original On the Road, y como es natural propuse que se vertiera como En la carretera. Aceptando el criterio del editor —o de la editora, porque la primera vez se publicó en una colección de Bruguera que dirigía Silvia Querini—, dejé que volviera a repetirse el título con el que había aparecido por primera vez en Argentina. Y sólo a los dos años de su publicación en Nueva York, por lo que son disculpables los errores de ese primer traductor, Miguel de Hernani. Resulta casi imposible conocer, y luego verter con acierto, expresiones de un círculo de amigos, como eran los beats, y que sólo tiempo después utilizaron otros grupos más o menos afines de todo Occidente.
Uno de esos términos era tea, esto es, «té», para referirse a la marihuana, o «maría» en el uso actual. Gracias a una investigación que, en realidad, consistió en mi trato con un chaval que trabajaba en un garaje de Carabanchel, en Madrid, al que se la compraba, me enteré de que en su medio se había usado, en la década de 1950, la palabra «tila» para referirse a la «yerba» —respecto a este último término no hubo dificultades, pues en el original se decía grass—. Consideré, por tanto, que «tila» reflejaba la idea de infusión de tea, y además su uso quedaba circunscrito a un ambiente y espacio temporal que más o menos se correspondía con el de los personajes de Kerouac. Se incluía, en definitiva, dentro de los registros idiomáticos sugeridos en el original.
¡Vaya! Una vez más sigo sin tratar lo que me había propuesto.