Profesión
Por Carmen Mata
En la bibliografía sobre traducción encontramos —ya lo hemos dicho en otro trujamán— algunos trabajos centrados en el error. El último que conozco ha visto la luz en Italia recientemente1 y hemos de recordar que en España contamos hasta con una antología del error en forma de «delito»2.
Es posible que del error, del propio más que del ajeno, se aprenda más que del acierto, pero a este último también podrían atribuírsele ciertas bondades. En esto de indicar aciertos, de referirse a las traducciones que dejan regusto al leerlas, no suele ser nada generosa la crítica. Así, de una buena traducción suele hablarse en conjunto, casi siempre porque «buena» quiere decir que le deja apreciar el texto al lector sin estorbar, como vehículo transparente del significado. Si la traducción, en cambio, es «mala», el crítico suele peinarla en busca de algunos ejemplos que den buena cuenta de la nefasta labor del traductor. ¿Por qué —nos preguntamos— se ejemplifica el error pero no el acierto si no es porque se critica con mala uva o porque se tiene en poca o ninguna estima la labor del traductor?
Preferiría descartar el sadismo pero no puedo por menos que pensar que actúan con cierta saña quienes leen una obra, por lo general literaria, y, después de despachar la obra original, le dedican unas líneas a la traducción —las más de las veces por aquello de «la cuota del traductor», a semejanza de la cuota de ministras en un gobierno— sin escatimar críticas, según los casos, poco menos que gratuitas. Es como si referirse a un error concreto fuera indicativo de que el crítico se ha leído la obra criticada.
Me inspira estas líneas una crítica de que fue objeto (¿o víctima?) alguien que me es muy cercano. Era una traducción del italiano, de ensayo, dura, de las de pelearse con el original para entenderlo y devanarse los sesos con el texto que se está creando. Fui testigo de la gestación del texto traducido y doy fe del esfuerzo de la traductora.
Les enmarco tal crítica antes de reproducirles el fragmento al que me refiero: suplemento cultural de periódico de gran tirada de ámbito nacional; aproximadamente 900 palabras, unas 850 dedicadas al autor frente a unas 40 para la traductora. La referencia a la traducción, como suele ser habitual, cierra la crítica. Aquí la tienen: «Una edición ésta que sorprende en el panorama español y que debemos agradecer a su traductora […], autora de un correcto prólogo y una más que aceptable traducción (aunque traducir cervo volante por “ciervo volante” tiene delito)».
A la vista de este último párrafo cabría formularse varias preguntas acerca de la crítica de la traducción. ¿Es justa? ¿Es proporcionada? ¿Es creativa? ¿Es rigurosa? ¿Y qué decir del ejemplo final? Me resisto, en todo caso, a creer que no hubiera un único acierto que pudiera citarse y que acaso contrarrestara ese error.
Pero es que, además, el yerro espetado es, curiosamente, más que discutible. En italiano cervo volante puede referirse al insecto casi homónimo en español o a una cometa, pero dado que en el texto se habla de un niño que pasea por el campo y que encuentra flores y piedrecillas, es dudoso que no se refiera al animal.
En fin, tal vez la malicia diga más, en este caso como en otros, del crítico que de quien se critica.