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Viernes, 2 de julio de 2010

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Historia

Una promotora de la traducción

Por Carlos Fortea

Cae en mis manos, por extrañas razones de la biografía propia, un libro, intonso aún, publicado en España por la Compañía Ibero-Americana de Publicaciones, sin fecha de edición, anterior en cualquier caso a 1931, fecha de quiebra de dicho proyecto editorial. Me salta a la vista por clara deformación profesional: de toda la colección a la que pertenece (Las cien mejores obras de la literatura universal), es el único que lleva en la cubierta el nombre del traductor: Juan Boscán.

Se trata de El cortesano de Baldassare de Castiglione, y es obvio que no vamos a descubrir nada que no se haya dicho sobre la traducción de Boscán, pero cuando separo con una cuchilla las primeras páginas me llama la atención la dedicatoria a una dama para mí incógnita: Gerónima Palova de Almogávar, esposa al parecer del primo hermano del traductor. Me llama la atención porque, en sendas cartas, Boscán y Garcilaso de la Vega atribuyen a ésta nada menos que la motivación última de la traducción realizada («Andando yo en estas dudas, Vuestra merced ha sido la que me ha hecho determinar mandándome que le traduxese», dice Boscán, «por vuestra causa le alcanzamos a tener en lengua que le entendemos», dice Garcilaso).

Por el resto de las cartas, parece claro que la intervención de Gerónima Palova es decisiva a romper las retracciones de los dos amigos, el uno porque declara que «no solamente no pensé poder acabar con Boscán que le traduxese, mas nunca me osé poner en decírselo», y el otro porque estando atraído por la causa tenía mil reparos que oponerle.

¿Amor cortés, platónico, más que platónico, o mera excusa retórica para el traductor? ¿Y por qué no el genuino interés de una mujer cultivada, frecuentadora de los poetas, lectora hasta el extremo de pedir más, de pedir la apertura del tesoro incógnito de otra lengua?

Siempre me ha interesado la cuestión capital de los motivos que el traductor tiene para acometer empresa tan oscura y desagradecida como la traducción, pero nunca hasta ahora me había encontrado con la figura de quien, sin ser mecenas, sí es promotor —promotora en este caso— de la tarea.

¿Qué móviles empujaron a Gerónima Palova a romper las reticencias de los dos amigos? Que ellos estaban ya bien predispuestos lo establecen sus propias palabras: «Todo esto me puso gana de que los hombres de nuestra nación participasen de tan buen libro, y que no dexasen de entendelle por falta de entender la lengua, y por eso quisiera traducille luego» (Boscán). El impulso de lector, siempre presente, el deseo de compartir con la tribu; por su parte, Garcilaso dice: «Confieso a Vuestra merced que hube tanta invidia de veros merecer sola las gracias que se deben por este libro, que me quise meter allá entre los renglones o como pudiese». Dos poetas locos por compartir la voz de otro, por trasladarla, por hacerla llegar.

Se ha perdido, sin embargo, el hilo conductor que nos permitiría saber por qué Gerónima Palova mostró tanto interés y por qué Boscán sintió ese interés como un mandato. Y sí que nos importa. Ya sé que se dirá que no fue más que un recurso estético que los dos poetas emplean tan sólo para justificar una opción arriesgada, tanto que de hecho dedican el resto de sus cartas a defenderla. Lo creo una respuesta demasiado fácil. Hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que comprende nuestra filosofía. En cualquier caso gracias, doña Gerónima.

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