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Viernes, 15 de febrero de 2013

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POESÍA

En los límites de la traducción (2)

Por Jorge Bergua

¿Tiene algún sentido hablar de «traducción musical» de un texto, poético o no? ¿Y a la inversa, hablar de traducción de la música (instrumental) a lenguaje articulado? Según nos cuentan últimamente tanto los paleoantropólogos como los neurólogos y psicólogos especializados en el procesado de lenguaje y música, los orígenes de ambas facultades, y su forma de funcionar en el cerebro humano actual, están tan estrechamente unidos que sería lógico poder efectuar algún tipo de trasvase o traducción entre uno y otra. Es tentador pensar, en efecto, que en un pasado muy remoto la comunicación humana consistiera en una mezcla integral, «holística», de ambas facultades (y de otras como la mímica gestual), que sólo después se independizarían; pero sólo hasta cierto punto, pues al fin y al cabo siguen compartiendo, aunque con un peso diverso, atributos esenciales como son el desplegarse en el tiempo, el ritmo, la altura, el timbre, la sintaxis y la articulación. Lo único que no le está permitido a la lengua, a diferencia de lo que sucede con la música (occidental) desde que se inventó la armonía, es la capacidad de superponer varias capas significantes al mismo tiempo (salvo en los lamentables «diálogos» de algunos tertulianos hispánicos).

Las modalidades de «traducción musical» de la poesía o la prosa han sido históricamente muy variadas, y podríamos decir que van desde revestir con una simple base rítmica, o con una sencilla melodía, un texto preexistente, conservando incluso gran parte de sus características prosódicas y rítmicas, hasta convertir una narración o un mito en una larga pieza puramente instrumental (como en el caso de los poemas sinfónicos, al estilo del Prometeo o el Hamlet de Liszt). Entre los primeros, citaría como ejemplo conspicuo el romance Hermana Marica de Góngora en la versión de Paco Ibáñez: una melodía simple y repetida, apenas cuatro acordes distintos en la guitarra, acompañados de una voz no particularmente dotada, y sin embargo ahí está el milagro, la conjunción perfecta de texto y música en una unidad indisoluble (hasta tal punto que ese poema, incluso leído en silencio, ya siempre nos sonará así).

Claro que la poesía, y también la prosa, han conocido versiones musicalmente mucho más sofisticadas, muy especialmente en la edad dorada de la polifonía vocal, es decir, en los siglos xv y xvi. Tanto si hablamos de textos bíblicos o litúrgicos como de los clásicos grecolatinos o modernos, los Josquin, Arcadelt, Willaert, Victoria o Lasso nos han dejado esplendorosas muestras de lo que el contrapunto vocal es capaz de hacer con el lenguaje verbal; aunque fuerza es reconocer que, dentro de esa larga lucha sin cuartel entre el lenguaje y la música por imponer su propia ley, casi siempre en estos casos la música empieza claramente a ganar la batalla sobre la textualidad, aunque alcanzando a veces una maravillosa síntesis entre ambas. En ejemplos como estos, más que el lenguaje de la traducción o la versión, nos haría falta quizá el de la transfiguración.

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