POESÍA
Por Ramón Lladó
La tarea del poeta y editor Carlos Barral como traductor fue breve, esporádica e incluso anecdótica. En la segunda entrega de sus memorias, Los años sin excusa (Barcelona, Barral Ed., 1978), menciona traducciones de Gottfried Benn, hechas a cuatro manos con Gabriel Ferrater, con destino a Papeles de Son Armadans, que no llegaron a ver la luz. Sea como fuere, en sus catálogos bibliográficos tan sólo figura una traducción publicada que merece destacarse no sólo por tratarse de un trabajo literario «de formación» sino porque revela una preocupación estética muy en sintonía con la época intelectual en que vivió. Se trata de una versión de Rainer Maria Rilke, Sonetos a Orfeo, aparecida en la colección Adonais en 1954, y reeditada posteriormente por Lumen en 1982, ya liberada de un aparato crítico voluminoso. Se observan escasos cambios de forma respecto a la publicación inicial, y cuenta con un extenso prólogo del traductor.
Precisamente en el prólogo se acomete, a modo de justificación crítica, una auténtica transposición de ese aparato erudito de la primitiva versión, en la que se revela el talante detallista y riguroso que siempre tuvo Barral en relación con la literatura, la suya y la de los demás. Barral oficia aquí como el crítico que probablemente nunca pensó ni pretendió ser pero que, a pesar de todo, afloraba en todo cuanto escribía, incluida su versión rilkeana que él deseaba como un trabajo de lectura personal movilizado principalmente hacia la elucidación de las oscuridades del texto. Un joven Barral de 25 años acometió esa traducción iniciática con una mezcla de aplomo y de temeridad, características que marcaron su talante a lo largo de toda su trayectoria de homme de lettres.
Barral usa de libérrimas transposiciones de sentido más allá del matiz lingüístico o se permite modulaciones gramaticales en algunos poemas o versos que conviven con otros traducidos ad lítteram. La dificultad extrema del código poético rilkeano, sabido es, estriba, más allá de su forma métrica o estrófica, en el relativo hermetismo de sus alusiones y en las figuras o símbolos. Aun construida sin atender con preferencia al modelo rítmico y métrico, la voz traductora de Barral es melodiosa. Su sentido del verso se despliega en la prosodia más que en la métrica estricta. La traducción en verso semilibre de Sonetos a Orfeo, sin sujetarse tampoco a la rima, permite la expansión propicia al verso castellano sin renunciar por ello a la complejidad expresiva del poeta alemán. Donde Rilke usa una excelente combinación de metro tradicional y verso libre, forzando el soneto, Barral intenta calar en la cadencia debido a las diferencias casi insuperables entre las métricas alemana y española. Muchas veces recurre Barral a la paráfrasis bien resuelta, al recurso gramatical ante un escollo ofrecido por el estilo nominal y por el intrincado «idiolecto» propio de Rilke, las complejas derivaciones, que convierten los esfuerzos por verterlo en verdaderos ensayos de exégesis. No apunta a una traducción profesional, y mucho menos divulgativa o didáctica, sino a un ejercicio cabal por concretar sus instrumentos expresivos. Más allá de los errores puntuales de lectura, carencia que comparte en diverso grado con otras versiones castellanas contemporáneas —J. M. Valverde, E. Barjau, J. Ferreiro Alamparte—, el editor de Calafell revirtió los densos acantilados simbolistas rilkeanos hacia el fraseo poético que le era propio. El resultado, por su encanto y musicalidad poética, trasciende a su momento histórico y resiste al paso del tiempo.