POESÍA
Por Mariano Antolín Rato
Una amiga me comentó una vez que no sabía cómo ponerse para leer un poema. Según ella, ávida lectora, ese problema no se le planteaba con las novelas, los relatos, los ensayos. Sentarse para hacerlo —en una butaca cómoda si estaba en casa, donde también podía tumbarse en un sofá o en la cama—, entonces le resultaba la opción adecuada. Pero, mira chico, cuando te encuentras con tanta intensidad condensada en unas cuantas líneas, tantos blancos en las páginas, la necesidad de desentrañar un significado dentro de la espacialización de las palabras… todo eso impone. Exige una actitud que no sabía ella bien cómo llamarla, pero era algo parecido al respeto. Y, por consiguiente, una posición del cuerpo poco o nada relajada. (No se privó, dicho sea de paso, de repetir la bastante peregrina, incluso insultante pero resultona opinión de William Burroughs sobre que en los libros de poemas, con sus líneas tan cortas y unos espacios abismales entre estrofas, se desperdicia mucho papel).
No sabiendo qué responderle, pues la cuestión nunca se me había planteado de ese modo, y quizá por no quedar callado —mi amiga suele prestar una halagadora atención a bastante de lo que digo—, conseguí recordar una cosa que venía más o menos a cuento. Que alguien me había comentado in illo tempore que para leer los poemas del Sermón de ser y de no ser, de García Calvo, lo más adecuado era caminar. El ritmo, la separación entre poemas y dentro de ellos, te indicaban perfectamente cuándo debías alzar la vista para ver por dónde ibas mientras asimilabas lo recién leído. (El que daba el consejo no añadió que para leer de ese modo era necesario elegir un lugar tranquilo, el campo, un parque o así, porque en las calles de una ciudad, bajo la tiranía de coches y peatones apresurados, la atención requerida para defenderse contra ellos impediría cualquier tipo de lectura).
Las dudas de mi amiga parecen reflejar una actitud general sobre la poesía. Porque para mucha gente este género literario es algo que se recita sobre elevados coturnos y, por tanto, hay que escuchar o leer con reverencia. Ni que decir tiene que ese no es el caso de la mayoría de los grandes poemas, pero constituye la opinión dominante. Entre personas cultivadas, desde luego, las únicas que, sin dedicarse profesionalmente a ella, se arriesgan a leer poesía.
En ciertos momentos malévolos, pocos pero recurrentes, se me ha ocurrido que, aunque ellos nunca lo aceptarían así formulado, bastantes de los que insisten en que poesía solo la deben traducir poetas, adoptan una postura no demasiado distinta a la de los respetuosos recién mencionados. Es como si de la intimidad con las musas gozaran únicamente unos pocos elegidos. Los demás, como los prosistas, harían mejor en mantenerse al margen de tan inefables alturas literarias.
Ya señalaba el asunto hace unos meses aquí mismo en una colaboración con el sobado título con aire de catacresis de Lost in Translation. Entonces apuntaba que algunos prosistas habían osado traducir poesía. Y por no ir más lejos me ponía como ejemplo. Nunca se me ha ocurrido escribir poemas y, sin embargo, he tratado de poner en castellano algunos libros de poetas que escriben en inglés. El resultado, a juzgar por los comentarios escritos que suscitaron, no puedo considerarlo un fracaso. Y desde luego, no me exigieron que tuviera que recurrir a saberes o procedimientos demasiado distintos a los que utilizo para verter la prosa.
Sí necesité, y todavía me da repelús recordarlo, poner en juego la resistencia física para traducir una novela. Era la famosa American Psycho, de Easton Ellis. Contiene abundantes escenas gore de esas que normalmente salto o leo muy por encima cuando aparecen en un libro que me interesa por otros motivos. Pero en este caso, tuve que refocilarme en ellas. Resultaba imprescindible entender e imaginar con exactitud las salvajadas que hacía el protagonista para ponerlas en el idioma de llegada de tal modo que produjeran el mismo efecto que en el original. Esto es, que resultaran repugnantes. En el proceso sentí náuseas un par de veces. Y otra tuve que interrumpir el trabajo e ir al retrete a vomitar.
Son riesgos que todavía no he tenido que correr cuando hago versiones de poemas. Pero, ¿quién sabe? La descripción detallada de barbaridades no conoce fronteras de género.