Centro Virtual Cervantes
El Trujamán > Errores
Viernes, 1 de febrero de 2013

El Trujamán. Revista diaria de traducción

Buscar en El Trujamán

Errores

George Lewis, y gracias

Por Gonzalo García

De bien nacidos es ser agradecidos, ya, pero también está el dar las gracias por obligación, y aquí no es oro todo lo que reluce. Recuerden al sobrino que dice gracias con la boca pequeña al tío que le acaba de regalar el DVD de la película que más detesta. O al director de cine que, en la ceremonia de los Óscar, se deshace en elogios de un equipo al que ha torturado hasta que Rasputín empieza a aplaudir desde la tumba. Y al autor de un libro que…

Ya, me dirán que el traductor no debe hablar mal del autor, y es cierto. Pues si uno se pone elegante, concluirá que el autor es fuente y término de nuestra devoción y trabajo. Y si uno da por lo más prosaico, como pensar en las habichuelas, es obvio que sin autores no habrá encargo para el traductor de libros. Barroco o pragmático, nada quita que la sección de Agradecimientos suela ser la que mejor refleja la calidad humana del autor. Y quizá incluso la calidad intelectual del libro: no es mala apuesta la de que, cuanto más farragoso sea el dar las gracias, menos peso (que no páginas) tendrá el texto.

A mí, por ir al grano, me molan los grandilocuentes que en realidad no dan las gracias a nadie, sino que piden el agradecimiento del mundo para sí. En este contexto, «ocho arduos años de trabajo ha exigido la redacción de estas letras» suele equivaler a un mixto de «tengo más cuento que Calleja» y «me documento peor que un niño de primaria cortapegando la Wikipedia». Y sí, adivinan bien: esto lo escribo con inquina y nula objetividad, amargado por un autor que luego de circular a erratón de los gordos por página, dedicó los agradecimientos a colgarse a sí mismo más medallas que un general de Bismarck. Mi deber es traducirlo sin llamarlo cretino en nota al pie, hemos convenido con la editora en corregir los errores que se detecten… pero el contrato no me prohíbe dejarles aquí un par de perlitas. ¡No me den las gracias!

¿Conocen a George Lewis, verdad? Quizá les suene aquel clarinetista de Nueva Orleans. En este examen improvisado les cuelo hasta que me lo den por un hermano de Carl Lewis, el atleta. Y es que, en realidad, el enmedallado autor se refería a… Jorge Luis de Hanóver. Es fácil disculpar al autor, dirá el lector benevolente, pues ¿quién se sabe los entresijos de los principados alemanes? Replicará el traductor malevolente que el susodicho y autocondecorado autor es inglés, presume de escribir materia histórica y el tal George fue rey de su propio país, con el nombre de George I (George Louis). Vamos, que algo más digo yo que sí se le podía pedir.

El inglés, en fin, tiene una ortografía caótica y tomar a un Louis por Lewis no es ofensa mayor ni en un contexto burlón como este. Más exquisito es ya lo de hablar sin sonrojarse de la Columna de los Ajedrecistas (the Chessmen Column). No haberse puesto ni a «guguelear» para ver si tan extraño nombre es en verdad así… o más bien se trata de la columna que conmemora la batalla de Chesma (Çeşme); esa sí es, coincidirán conmigo, una perla de medalla.

Y habiéndome excedido ya por varias líneas, no quiero concluir este trujamán sin dar las gracias al autor, ay, por las risas sembradas en esos ocho arduos años suyos de recolección de disparates.

Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es