Autores a. s. xx
Por Ricardo Bada
Un tema sumamente vidrioso es el de aquellas traducciones cuyo texto tergiversa el original en función de una ideología. Hace poco mantuve una polémica al respecto con un amigo que se enteró de que estaba leyendo el diario de viaje de Darwin en la Beagle, cuando a los veintidós años se embarcó para dar la vuelta al mundo y volvió a Inglaterra cinco años más tarde, con los datos que le permitirían elaborar El origen de las especies.
«Por mor del respeto debido a alguien como Darwin (quien no era antropólogo y por lo tanto anduvo desbordado por el tema) —le escribí a mi amigo—, quiero precisar dos citas suyas que das, y que no sé de dónde las sacas, pero me hacen temer una traducción tendenciosa.
Dices que dijo de Jimmy Bottom: “No parecía pertenecer a la misma raza de salvajes innobles e infectos que habíamos visto en Tierra del Fuego”.
Pero lo que escribió Darwin es: “Me parece sorprendente, cuando pienso en sus muchas buenas cualidades, que pertenezca a la misma raza, y sin duda sea de la misma naturaleza, que los míseros y humillados salvajes con que primero nos encontramos aquí”.
El campo semántico de ese mísero admite las variantes miserable, desdichado, desgraciado, pobre, pero no innoble. Igual con humillado, que admite las variantes degradado, abatido, incluso envilecido, pero nunca infecto. Darwin jamás usa adjetivos de valor peyorativo sobre los indígenas, con prescindencia de que no tuviera una alta opinión de ellos.
Y eso se manifiesta también en la otra cita que haces de él: “Bogábamos —recuerda—, junto a una canoa ocupada por seis fueguinos. Constituyen el grupo de criaturas más feas y miserables del mundo que he visto en mi vida… Ante el espectáculo de estos hombres es difícil creer que sean semejantes nuestros, habitantes de un mismo mundo”.
Te traduzco lo que en realidad escribió Darwin:
Una vez que fuimos a tierra en Wollaston Island, bogamos al costado de una canoa con seis fueguinos. Eran los seres más compadecibles y pobres que jamás he contemplado. En la costa oriental, los aborígenes se cubren con pieles de guanaco; en la costa occidental poseen pieles de foca. En estas tribus centrales, los hombres llevan por lo general pieles de nutria o unos harapos no mayores que un pañuelo de bolsillo, para taparse apenas desde la espalda a los muslos. Lo amarran sobre el pecho con cordones, y según sople el viento, se corre de un lado al otro. Pero los fueguinos de la canoa iban completamente desnudos, incluso una mujer adulta iba completamente sin nada que la tapase. Llovía muy fuerte, y el agua de la lluvia así como la espuma del mar corrían por sus cuerpos. En otro puerto no muy alejado, una mujer que amamantaba a su recién nacido se acercó a nuestra barca y se quedó allí sólo por curiosidad, mientras el aguanieve caía sobre su pecho desnudo y la piel desnuda del mamoncillo, ¡y se derretía sobre ellos! Estos pobres diablos habían crecido desmedrados, sus feos rostros estaban pintarrajeados de color blanco, la piel sucia y manchada, los cabellos hirsutos, las voces disonantes y los gestos amenazadores. A la vista de semejantes hombres casi no puede uno creer que sean nuestros prójimos y habitantes de nuestro mismo mundo.
He subrayado la evidente razón de que le parecieran no feos ni miserables, sino dignos de compasión por lo pobres. Y he traducido la página completa, porque el juicio está muy diferenciado, no es ese resumen demagógico que parece ser la traducción que citas. A ti no necesito explicarte que todas las citas, y más en estos casos, piden a gritos su contexto. Ojo, no quiero santificar a Darwin. Pero tampoco que lo crucifiquen».
Esto le escribí a mi amigo, y él me contestó que se daba cuenta de que mis traducciones no decían lo mismo que las que citaba él, pero «a pesar de la diferencia, prefiero la que tú llamas demagógica y tendenciosa. El traductor ha sido fiel al espíritu que advierte en Darwin y yo estoy de acuerdo». A lo cual le respondí que por ese camino llegaríamos a la foto de Lenin de la que Stalin hizo borrar la figura de Trotski.