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Miércoles, 22 de febrero de 2012

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Enseñanza

El triciclo

Por Carmen Francí

Imaginemos que a una traductora que lleva más de veinticinco años traduciendo libros le proponen que imparta la asignatura de Traducción Literaria. Y que acepta con la idea, tal vez absurda, de que tantos años en el ejercicio de la profesión le habrán proporcionado algún tipo de experiencia que merezca la pena trasmitir. Pero a poco que se pare a pensar, llegará a la conclusión de que enseñar tiene que consistir en algo más que plantear a los alumnos una dificultad, mostrar varias soluciones posibles y discutirlas: tiene que haber un método.

Así pues, profesora novata busca método: bonito anuncio por palabras. Bucea en unos cuantos libros con títulos sugerentes y hace varias pilas: una con los firmados por autores que jamás han traducido literatura; otra con aquellos en los que aparecen palabras como didáctica o destrezas, otra más con los que, sencillamente, no entiende de qué van.

Vuelta a la casilla de salida. Intenta recordar su época de estudiante de traducción y tiene la sensación de que sí, algo aprendió. Yendo más lejos: se atrevería a decir que algo le enseñaron, aunque no sabe cuándo ni cómo. En realidad, tampoco sabe si sus profesores tenían un Método (así, con mayúscula). Intenta determinar en qué momento se produjo el chispazo entre el profesor y el alumno, en qué momentos funcionó la conexión y recibió las herramientas básicas que le han servido para trabajar durante estos años. Aunque tal vez no le dieron las herramientas sino sólo le dieron pistas sobre cómo podía fabricárselas.

Y así, reflexionando sobre el modo en que ha ido aprendiendo, concluye que el vehículo para la formación de un traductor literario es un sencillo triciclo con tres ruedas llamadas curiosidad, escepticismo y sentido común.

Sin una curiosidad insaciable, el traductor no conseguirá ser un buen lector ni explorar todos los recovecos del texto, todos los posibles sentidos de una palabra, cómo se diría eso en esa fecha en su lengua materna. Es la curiosidad la que lo lleva a perderse navegando por la red y lo que le produce una satisfacción inmediata cuando encuentra la respuesta. Una curiosidad casi patológica —que sitúa al traductor más cerca del detective que del erudito con respuestas para todo— que lo obliga a entender bien todo lo que traduce.

El escepticismo le hará dudar de todo: de lo que dice el autor, de lo que quiso decir, de la primera impresión que produce la lectura. Y la duda deberá extenderse, por supuesto, a los conocimientos propios, al diccionario bilingüe, a muchos monolingües. A la información que flota por la red. En definitiva, a aquello que no encaje con la última rueda: el sentido común.

Y aunque con ese triciclo no se confecciona un programa docente, lo cierto es que, por algún extraño mecanismo, la profesora novata se atreve a pensar que los alumnos pedalean y avanzan.

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