Autores s. xx
Por Ramón Buenaventura
En la página 21 de El cuaderno gris de Josep Pla (traducción de Dionisio Ridruejo y Gloria de Ros; Ediciones Destino, 2002), que hasta ahí había leído sin fijarme más que en la fluidez eficaz y tersa de la prosa, se me planta la palabra «baluerna». Y compruebo inmediatamente: eso no es castellano. Evidentemente, a los traductores se les ha planteado un problema de los que fuerzan a tomar decisiones y pueden hacer escuela.
«Baluerna» es palabra que, al parecer, Pla utilizaba con frecuencia, no siempre en su acepción de diccionario:
baluerna (f) Cosa que fa molt d’embalum. [Etimologia — D’origen incert, sembla emparentat amb el francès baliverne, ‘conte exagerat, increïble’, també d’origen obscur].
De hecho, vista la definición, confieso que no entiendo muy bien su presencia en la frase referida: «La casa era una baluerna bastant alta i la façana donava a tramuntana. Això feia que les habitacions obertes al carrer fossin, a l’hivern, fredíssimes, glacials». Josep Pla, El quadern gris (Barcelona: Destino, 1966). [Traducción española: «La casa era una baluerna bastante alta y la fachada miraba a tramontana. Eso hacía que las habitaciones abiertas a la calle fuesen, en invierno, muy frías, glaciales». Tampoco «mirar a tramontana» puede considerarse muy castellano. Solo aparece una vez en internet, en un anuncio del Diario de Menorca.
Sin embargo, «tramontana» es norte en primera acepción del adelanto de la vigésima tercera, de modo que su empleo aquí por los traductores ha de considerarse correcto.
Correcto, pero acatalanado. Los traductores han abrazado, al parecer con gusto, la decisión de no castellanizar en exceso el texto. Ello nos ayuda, como lectores nacidos y criados en otras tierras, a entender mejor lo que ve y lo que vive Pla —lo que nos vive—, y debe considerarse un acierto firme. Luego, claro, la congruencia plena y permanente no está al alcance del ser humano: en determinados pasajes, Ridruejo / de Ros se apartan del criterio general y traducen, a mi entender, demasiado. Es el caso, por ejemplo, en la página 40, de su conversión de «bufanúvols» en «fantasioso», cuando perfectamente podrían haber creado «soplanubes» o (mejor) «hinchador de nubes».
Asimilado este pequeño achaque que levanto a la traducción, solo me queda espacio para añadir su ejemplo a mi convicción de que en las traducciones actuales —sobre todo entre idiomas consanguíneos por raíz o por cultura— debemos renunciar al texto castizo, es decir a imponer un castellano puro y duro sin parar mientes en nuestro conocimiento actual del mundo y su acelerado mestizaje en todos los ámbitos.