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Jueves, 16 de febrero de 2012

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Interferencias

Los falsos amigos

Por Bertha Gutiérrez Rodilla

Desconozco cómo se les ocurrió a Maxime Koessler y Jules Derocquigny la idea de denominar «falsos amigos» en su libro Les faux-amis ou les trahisons du vocabulaire anglais, aparecido en 1928, a esas palabras de dos idiomas distintos, tengan o no un mismo origen, que se parecen en su aspecto; algo, que induce al que se las encuentra a pensar que se puede traducir una por otra. Sin embargo, como a pesar de su apariencia el significado de ambas no coincide, se convierten en auténticas trampas, cuya existencia conoce muy bien cualquiera que haya tenido que traducir de una lengua a otra, pues es habitual caer en ellas.

Yo tuve una amiga —que luego resultó ser falsísima, por cierto— que cuando tenía doce años pasó un mes con una familia en el sur de Francia para mejorar su conocimiento del francés. El primer día que comió con ellos, como no paraban de insistir en que tomara un poco más, se atrevió a decir: «Je suis pleine». Satisfecha porque creía haber quedado como una reina, no comprendía la cara de sorpresa de sus compañeros de mesa que se preguntaban cómo aquella niñita de aspecto angelical podía estar embarazada. Todos conocemos anécdotas de este tipo, que algunas no pasan de ser hilarantes; aunque a veces sean más perversas, por los efectos que pueden producir, como ocurre con el famoso Once a day, que aplicado a la toma de un medicamento, algunos pueden interpretar como «once veces al día»…

Como los ejemplos son inagotables y de sobra sabidos, no querría seguir por esa vía, sino por la de la denominación del concepto. En mi modesta opinión, lo de «falso amigo» le va como anillo al dedo: ¿quién no ha tenido un amigo que aparentemente era confiable, pero que a la hora de la verdad se comportó como un Judas Iscariote cualquiera? De hecho, el nombre ha sido muy bienvenido —como dicen algunos—, si juzgamos por su éxito posterior. Eso no ha impedido que otros estudiosos del fenómeno se hayan aplicado en la búsqueda de otras mil denominaciones para este concepto: «enemigos escondidos», «falso parentesco», «falsa reciprocidad», «amigos perversos», «falsos hermanos», «falsas apariencias», «falsas equivalencias», «falsos cognados», «interferencias lingüísticas», «vocablos heterosemánticos», son algunas de ellas…

¿Por qué insistir en ponerle tantos nombres como si fuera el heredero al trono de algún reino europeo? Esos nombres sí que son amigos indeseables, pero del lenguaje especializado, al que se le supone debe ser preciso, unívoco y claro, por lo menos. Pero, ¿cómo puede tener esas cualidades, siquiera alguna de ellas, con tantos sinónimos? Como ocurre en otras muchas áreas del conocimiento, incluidas todas las científicas, el empeñarse en acuñar tantas designaciones distintas para referirse a lo mismo —designaciones que a veces no responden más que a una mala traducción o, simplemente, al intento de mostrarles a los demás que uno está «innovando» o intentándolo al menos— le hace un daño tremendo al lenguaje especializado que siempre termina pagando «los platos rotos» de todo esto que decimos. Pero con ser ese daño importante, mayor es aún el que se produce en el ámbito conceptual al que ese lenguaje representa: busquen, si no, en la bibliografía —por no decir en Internet— y comprueben la confusión existente acerca de este asunto de la «falsa amistad» de las palabras; verán cómo hay, incluso, quien confunde el hecho en sí, con sus causas o sus consecuencias… Si a los teóricos del tema les resulta tan complicado, ¿cómo afearle la conducta al traductor que cae en la trampa, ya sea profesional o aficionado?

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