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Jueves, 9 de febrero de 2012

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Historia

Ángel Flores

Por Josefina Cornejo

A finales de la década de 1920, un millonario norteamericano fundó la Hispano and American Alliance a fin de fomentar el interés entre los neoyorquinos por la cultura hispánica. En breve tiempo, se convirtió en la versión de la Gran Manzana de la tertulia española, frecuentada por literatos y académicos. Para dirigir la sociedad, el acaudalado benefactor confió en Ángel Flores, un joven investigador que unos diez años atrás había abandonado su Puerto Rico natal. Comenzaba a definirse la brillante trayectoria de una figura imprescindible en el mundo de las letras del siglo xx. A Flores le precedía fama de eficiente traductor y crítico, que se acrecentó en esos años con la traducción de The Waste Land, de T. S. Eliot, y la publicación de varios estudios literarios, por ejemplo, The Anatomy of Don Quixote. Uno de los principales proyectos de la institución fue Alhambra, con el puertorriqueño asimismo al frente, una revista mensual de breve —pero intensa— existencia que obtuvo el beneplácito de críticos y escritores, contándose entre sus admiradores un Ernest Hemingway fascinado ya entonces por España. En sus cuatro números, Flores publicó textos en inglés de Miguel de Unamuno, Ramón Gómez de la Serna y Edgar Neville. Para ella tradujo también dos romances de Federico García Lorca —con quien había coincidido y trabado amistad en la sede de la alianza— y Vida ejemplar de un claro varón de Escalona, que, según los estudiosos, sería la primera traducción al inglés de un relato de Félix Urabayen, autor de la generación del 14.

Flores ejerció de crítico literario en numerosos periódicos, como el New York Herald Tribune, y se sumergió tanto en la literatura de habla hispana como la inglesa, francesa y alemana. Dirigió The Literary World, revista con la que introdujo en los círculos literarios de Estados Unidos a un por aquel entonces desconocido Franz Kafka. Fundó la editorial Dragon Press, donde encontró espacio para publicar a los poetas modernistas, entre otros, William Carlos Williams. Editó antologías (firmó más de ochenta títulos) que descubrieron al público norteamericano clásicos en la lengua de Cervantes, como Garcilaso de la Vega y Lope de Vega. Exploró la temática y el estilo de autores como Octavio Paz, Pablo Neruda, César Vallejo, Nicanor Parra y Jorge Luis Borges; tal entrega y entusiasmo por la literatura hispanoamericana, cuando ese campo era aún nuevo, condujeron a la consolidación de los estudios latinoamericanos como disciplina académica. Fue uno de los primeros eruditos en acuñar el término «realismo mágico» para definir la tendencia narrativa surgida en los años cincuenta y sesenta entre escritores hispanos, y pionero en reclamar un lugar para la escritura de mujeres, interés que plasmó en volúmenes como The Defiant Muse: Hispanic Feminist Poems from the Middle Ages to the Present.

Compaginó siempre su ingente labor investigadora con la traducción. Plasmó en inglés el universo literario de Pablo Neruda y Ramón Gómez de la Serna. Del primero tradujo, entre otros, Residencia en la tierra, Tres cantos materiales y Colección nocturna; Movieland es su versión de Cinelandia, la peculiar visión del mundo del cine del segundo. A él se debe —como se apuntaba arriba— la primera adaptación al español de The Waste Land, obra cumbre cuya publicación en 1922 supuso un acontecimiento literario y cultural a escala mundial. Una empresa osada: no en vano se trataba de verter en nuestro idioma el poema símbolo del siglo xx. Lo publicó la editorial Cervantes en Barcelona en forma de plaquette en 1930 con el título con el que lo bautizó Flores, La tierra baldía, y durante las dos décadas siguientes fue una de las interpretaciones del poema eliotiano que alcanzaron mayor difusión y repercusión.

En este afán mío de rescatar del recuerdo y recuperar para la memoria a protagonistas de la traducción no podía faltar Flores. Para hacerle merecedor de un artículo bastan las palabras de Gómez de la Serna, quien, en 1931, reconocía la magnitud de traducir «Tierra baldía, del extraño T. S. Eliot, el de las palabras de oro, con lo cual queda presentada la dificultad pasmosa de revertir cada palabra al castellano».

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